Por qué me fui de Marruecos
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Un viaje del Africa Occidental a las Islas Canarias
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Dentro del coche hay tres hombres. Los dos con traje de gendarme, en los asientos delanteros. Detrás, el empleado de la comuna rural de Tlata. Luego me entero de que entre sus ocupaciones figura la del fisgoneo general. El uniformado que se sienta en la puerta más cercana a mí me llama con un "psss" (aquí es uno de los sonidos permitidos para atraer la atención del camarero) y con la mano derecha hace un gesto indicándome que me acerque. Como están al otro lado del cauce seco del arroyo, le devuelvo el gesto con un ademán que quiere decir "cruzo por el puente y doy la vuelta". Me enseña la palma de la mano: "está bien", entiendo.
Tienen tres puertas del coche a medio abrir. Cuando llego, salen de él:
-- Bon jour, monsieur Francisco.
Sentados o tumbados en la acera con sombra de la tetería, puede haber unas veinte personas. Excepto los policías, nadie habla.
Me dice algo en francés que no entiendo.
-- Renseignements, renseignements (informes, informes)-- repite con cuidado.
Seguimos en francés:
-- ¿Qué necesita saber?
-- La fecha de entrada al país, el lugar, si fue Tánger o por dónde...
Le doy los datos.
-- El número de su pasaporte.
-- No me lo sé y no lo tengo encima. Lo tengo en la casa.
-- ¿Vamos a buscarlo?
-- Vamos.
Toda la conversación ha sido junto al coche. Comienzo a caminar hacia mi casa (está a un minuto de distancia a pie) pero me indican que suba al coche. Sin decirlo, la idea es que me lo piden por mi propia comodidad.
En el asiento trasero hay unas chaquetas extendidas. Como somos dos para compartirlo, me siento inclinado hacia delante, frente a la palanca de cambios, para no arrugar las ropas. Hacemos el giro de la guagua de Sidi Ifni y aparcamos frente a mi casa en un trayecto de no más de treinta segundos. Nos da tiempo de charlar. Habla el gendarme que conduce:
-- ¿Le gusta Sbouya, Monsieur Francisco?
-- Sí, mucho.
-- Ah, Sbouya es bueno, es bueno, y usted mucho tiempo aquí, ¿se piensa casar aquí?
-- ¡No!
Tal vez respondí con demasiado enfásis.
-- ¿Qué pasa? ¿No le gustan las mujeres marroquiés? Mujeres marroquíes son buenas...
Ahí nos reímos los cuatro.
-- No, sí, sí, claro que me gustan, lo que pasa es que no tengo tiempo para casarme aquí, no voy a estar tanto tiempo.
Llegamos frente al camino de tierra que lleva a mi casa y me bajo.
-- Si me esperan aquí, lo traigo.
-- Muy bien.
Al paso más normal que puedo, abro la puerta. Cuando ya no me ven, subo corriendo los escalones.
Al regreso, el policía copiloto toma los datos de mi pasaporte.
-- ¿Qué significa CG?
-- Consulado General de España en Buenos Aires. El pasaporte me lo hicieron allí. Yo vivo allí.
-- Ahh...
Después de copiar los datos me piden el número de mi celular en Marruecos. No lo tengo encima y no lo sé de memoria. Quedo en dárselo al empleado de la comuna rural en cuanto lo recupere.
-- Monsieur Francisco, bienvenu- Se despide con una sonrisa el gendarme conductor.
En seguida pensé en El nuevo periodismo, de Tom Wolfe, como guía metodológica, y de nuevo en los trabajos de Kapuscinski como modelo. He encontrado referencias en el libro de José María Caminos Marcet y el de Gerardo Reyes
Me gustaría leer más de Kapuscinski pero por otro lado creo que sencillamente tengo que echarme a andar con mi material.
Platon, el de la espalda ancha.
Esta segunda etapa obliga a algunos cambios pero tal vez el principal sea el empleo de la primera persona con todas sus consecuencias de adjetivación, juicios de valor y relajamiento del estilo.
Plano de Nuevo Horizonte
Así fue cómo me subí en la guagua y le pedí al chófer, con acento gallego, que me avisara cuando llegáramos a Nuevo Horizonte. En la guagua se subieron varios africanos de raza negra, dos marroquíes silenciosos con una bolsa de plástico y una chica de tenerife que iba a Castillo (según me dijo). La guagua ya salía de Puerto del Rosario cuando vimos aparecer a una niña de unos seis años corriendo hacia nosotros y levantando la mano como para que nos parásemos.
Nos paramos, el chófer abrió la puerta y la niña subió, y al momento salió de la esquina otro niño más pequeño también corriendo y también se subió, y la niña le dijo al chófer que la madre ya venía, y el chófer le preguntó:
- ¿Pero por dónde viene tu madre?
- Allí- y señaló a la esquina, donde no se veía a nadie.
- Pero es que no podemos esperarla, no se puede... – le decía el chófer con ese tono tan popular para hablar con los niños.
Y ya estaba levantándose para bajar a la niña cuando apareció la madre con el carrito vacío, un niño en los brazos y cara de apuro. El chofer se bajó de todos modos, esta vez para abrir la puerta del maletero.
En 15 minutos llegamos a Nuevo Horizonte, un grupo de urbanizaciones para el turismo, con sus bares de desayuno inglés, sus "minimarket" y sus boutiques del pan gallegas. En la primera parada de Nuevo Horizonte se bajaron los marroquíes silenciosos con sus bolsas de plástico.En la segunda, se bajó conmigo una mujer peninsular con un tatuaje en la muñeca, pantalones cortos y camisa rosada. Tenía aspecto de cansada y no miraba a nadie a los ojos. Se bajó y caminó decidida hacia la costa.
Un hombre de unos 30 años, con algo que podría ser el estuche de una caña de pescar y un gorro circular como el que usaba el cantante de los Stone Roses bajaba también hacia la costa. Me acerqué a él:
- ¿Hay pensiones por aquí?
- ¡Qué va! Aquí solo hay apartamentos, tienes que preguntar en los apartamentos.
- ¿Y sabes si puedo alquilar por unos días?
- Aquí es por meses..
- ¿Sabes por dónde viven los marroquíes?
- Eso es en Fuerteventura Park. Son esos verdes y blancos. Tienes que subir hacia allí, y girar a la izquierda, y ahí está la recepción.-
Tenía acento canario. Le di las gracias y me despedí de él y del aroma a hachis de canuto que venía fumando. Comencé a caminar y pregunté de nuevo a un marroquí:
- ¿Usted cree que puedo alquilar por días?
Me contestó en perfecto español
- Esto es por meses
- ¿Y cuánto cuesta el mes?
- 360 euros.
Seguí andando por dónde me dijo y no veía aún la recepciíon. Un negro de dos metros de altura y flaco como el cuello de una jirafa regresaba a su apartamento después de colgar la ropa en un tendedero. Me indicó dónde estaba la oficina de los apartamentos.
La recepción de Fuerteventura Park, en Nuevo Horizonte.
Estaba cerrada y, según el cartel, no abriría en todo el domingo. En la oficina de al lado, había un locutorio-ciber. Un hombre que podía ser un canario moreno y que resultó ser un mauritano navegaba en Internet sentado frente al ordenador de la administración.
- ¿Cuánto tiempo vienes?- me preguntó.
- Una semana.
- Es que yo tengo un apartamento, pero no sé si va a querer alquilártelo porque aquí es por meses. Pero podemos llamar a la propietaria.
Fuimos a ver el apartamento. Un salón amplio con la cocina en un extremo, un baño cómodo y una habitación. En el salón, había una mesa redonda para comer, una nevera, una lavadora, un sofá cama y un mueble para la televisión. En la habitación, dos camas con colchas de flores, un armario de contrachapado pintado de blanco, un espejo y una mesa de noche a los pies de una de las camas. Tenía hasta bañera.
- No sé qué te parece- me dijo- para mí sería bien.
- Para mí también.
Regresamos entonces al locutorio para llamar por teléfono a la propietaria. En el camino me enteré de que Ahmed, así se llamaba, había conseguido traerse a su familia.
- Aquí todo muy caro- me dijo.
Llamamos y la propietaria accedió a cambio de 100 euros por la semana que terminaría el próximo domingo.
De regreso al apartamento me fijé en que la piscina estaba vallada con un alambrado del que colgaban varios carteles: prohibido bañarse. El color del agua, más bien verdoso, tampoco lo hacía muy atractivo.
Frente a la piscina, el bar minimarket de los apartamentos lleno de gente.
Unos andaluces me dijeron:
- Si te bañas ahí (por la piscina), no sé ni lo que te puede dar.
La piscina de Fuerteventura Park.
De nuevo en el apartamento, saco las cosas y las dejo sobre el sofa cama. Me doy cuenta de que está lleno de pequeños excrementos, demasiado grandes para venir de un insecto. Supongo que será un ratón, pero no le doy mayor importancia. El apartamento tiene una puerta acristalada que comunica con la piscina central y con un pequeño jardín. Tras la puerta acristalada, una cortina de amianto, igual que con la ventana de la habitación.
De los apartamentos del otro lado de la piscina se escucha música. En uno de ellos veo a dos mujeres de aspecto lationamericano sentadas en su pequeño jardín. Son las cinco de la tarde. Ya tengo casa.
En la plaza de la iglesia había otros dos chicos sin camisa y una mujer joven con latas de cerveza en las manos. A ellos no les oí hablar pero a ella sí: tenía acento canario. No sé qué les decía, pero lo hacía con voz fuerte y ellos la seguían. Parecía enfadada. En un banco, un viejo con la nariz arrugada y aspecto de vivir en la calle me mira.
Puerto del Rosario o Puerto Cabras.
| Juan y yo nos bajamos de la guagua del aeropuerto junto a la parada de taxis. Lo he conocido en el aeropuerto de Puerto del Rosario, aunque él dice que me conoce de antes. Él también es de Tenerife. Tenemos amigos en común pero yo sigo sin saber quién es. Subimos al mismo taxi, que no me deja compartir, y eso que tiene que desviarse cincuenta metros de su recorrido para dejarme frente a la pensión Macario. La pensión Macario está cerrada. Atienden a partir de las cinco y "no se atenderá fuera de esa hora". Son las tres de la tarde, así que decido almorzar en el restaurante Macario, bajo la pensión. El menú de paella, calamares en salsa, jugo de pera piña y un café me cuesta 9 euros. No consigo terminar las papas fritas de los calamares. Hay demasiada comida. Solo veo que trabaje una persona, una mujer que entra y sale corriendo de la cocina, prepara cafés, lleva platos, toma pedidos y cobra. Hay cuatro mesas en el salón de fuera y otras tantas en el de dentro. Hoy domingo, hay varias familias de majoreros en el restaurante y un grupo de seis jóvenes que parecen venidos de otra isla como turistas (3 chicos y 3 chicas). Cuentan anécdotas, se ríen, visten camisas de surf, dos de los varones tienen el pelo largo y una de las mujeres, muy corto. Estoy tomando el café cuando le pregunto a la mujer orquesta que no ha parado de trabajar en los 40 minutos que llevo allí: - La pensión no atiende al público hasta las cinco, ¿verdad? - Sí, hasta las cinco. - ¿Yo podría dejar la mochila aquí mientras tanto? - No, no... no tiene nada que ver esto con la pensión. - Sí, sí, pero solo es hasta las cinco, cuando abran. - No, yo es que cierro ya y esto no tiene nada que ver con la pensión... - Ah, bueno.. - Y además, de todos modos no la cogería. - ¿No? - No, de todos modos no la cogería. - ¿Y por qué? - Porque no te conozco, si fueras un cliente que conozco, a lo mejor, pero yo no voy a coger esa responsabilidad ni loca.. Y después de un rato de dudarlo, pregunto. - ¿Qué piensa usted que tengo en la maleta? - No tengo ni idea, pero yo no puedo coger esa responsabilidad. - No me importa, no se lo digo para que la acepte, pero de verdad quiero saber. - Es que yo no te conozco, - No es bueno desconfiar de la gente- le digo. - Tampoco es bueno confiar- me responde. Termino el café y pido la cuenta. Del salón trasero sale una familia de tres personas. Él, un metro setenta y cinco, barriga de orangután. La esposa no dice nada. La niña pide un paquete de chicles. - ¿Al final cogiste el Trufo?- le pregunta la mujer orquesta al cabeza de familia y barriga de orangután. - ¿Eh? - Que si cogiste el Trufo. - Sí, y un vasito de helado apunta también. Les cobra setenta euros. |
Rumbo a Tenerife el martes 11 y de allí a Fuerteventura el domingo 16, para ver cómo es la vida de los marroquíes que lograron llegar al otro lado.
Oigo a un taxista quejarse de los controles. Para entrar en la ciudad, hemos pasado por tres.
Hassan Bushyt
Hassan Bushyt tiene 25 años y un negocio durante los tres meses de verano que pasa en Sbouya: la compraventa de tunos. Sus socios son los conductores y dueños de los dos camiones que se emplean en la carga de tunos. Hassan y sus socios ponen el dinero para comprar las cajas de tunos a los campesinos y para pagar a los tres obreros que suben las cajas al camión en jornadas de entre cuatro y ocho horas. Los socios camioneros, además, alquilan el camión a la empresa que tienen en conjunto.
Hassan hunde la cabeza en los hombros y se sienta con las piernas cruzadas. Tiene un teléfono móvil de 150 euros y un equipo de música home theater de 50 euros. Mientras lo entrevisto, no deja de jugar con el teléfono y el mando de control remoto del equipo de música. Los coloca y recoloca delante de sus piernas dobladas. Junta las manos en actitud de rezo.
La casa donde vive Hassan en verano tiene dos habitaciones y un espacio sucio entre ellas con un camping gas que hace las veces de cocina. Todas las habitaciones tienen frescos de Dido, el artista de Tleta Sbouya. En una de ellas, la acuarela representa a un libro con unas inscripciones en arabe. Debajo, en francés, la frase "la vie".
Dido, frente a dos de sus frescos en el cafe AlJazera
Los dos conductores entran en la habitación del fondo. Cinco obreros deambulan por la casa. Uno más prepara el tajine de verduras sobre el camping gas. Es la hora del mediodía y ya se terminó el trabajo. Mientras dura la empresa de verano, los seis obreros, los dos conductores y Hassan Bushyt se duchan y comen en esta casa y duermen entre esta casa y las cuchetas de los camiones.
El único mueble es la mesa redonda de madera sobre la que se hacen todas las comidas. Las camas son mantas sobre las alfombras. Como son la mayoría de las casas que he conocido aquí.
Los obreros Khalid y Mustapha se acercan a la habitación en la que hacemos la entrevista con Hassan. No tienen más de treinta años. Khalid nos mira y mira a la habitación donde van a comer y nos vuelve a mirar y baja la cabeza como diciéndonos que no seamos tontos, que vayamos a comer, que si él fuera nosotros iba de cabeza, y cuando ve que seguimos empeñados en quedarnos porque hemos comido hasta saciarnos en casa de Lahoucine, repite la mirada ahora con la cabeza un poco más inclinada porque ahora quiere decir que si no vamos, se va a sentir ofendido y Lahoucine entiende y me dice que vayamos y que al menos finjamos que comemos algo.
Lahoucine, frente a su casa
Martes, día de mercado en Sbouya.
Le dijeron algo al chico y el chico entró en la casa y en vez de él, salió su abuelo Mahmud. Llevaba su bastón y se ajustaba las gafas. Parecía recién levantado. De un manotazo trató de tirar al gato de su cama, que era un saco de cereal. El gato se resistió con las uñas clavadas al saco y Mahmud lo agarró del pellejo y lo separó del saco con el ruido de un desgarro. Mahmud se sentó entonces sobre el saco.
Mahmud me repitió que Franco había ido a Ifni en el 50 y que él se había retirado del ejercito en el 50 y que pagaban muy mal. Cuando terminó de decirme eso sonó la llamada de la mezquita. Eran las 4 de la tarde. Mahmud me dijo:
- Me voy a rezar.
Pero las protagonistas de este envío son las dos mujeres de unos 20 años.
Las dos visten el traje de telas estampadas del Sahara que oculta cuerpo y cabeza y deja al aire rostro, pies y manos. Las dos son primas. Una más morena, la otra más blanca. En Europa, a la morena le sobrarían quince kilos. En Sbouya, a la blanca son quince kilos los que le faltan. Para completar el ideal de belleza femenina en el Sur de Marruecos hay que echarle volumen.
Cuando el abuelo Mahmud se va, me piden que ocupe el trono del saco de cereal. Me resisto por no alargar la visita pero ellas lo atribuyen al saco y mandan al niño por una banqueta.
El niño trae la banqueta y me pela un tuno. Ellas entran en la casa y le dan al niño un papel y un bolígrafo. Que escriba mi nombre. Lo hago. Que escriba mi número. Lo hago.
Lo leen con cuidado. Entran en la casa y el niño sale con otro papel. Es el número de ellas. Dentro de la casa, más risas. Vuelven a salir y me dicen que se van a Guelmim. Y me preguntan:
- En España, ¿el clima es cómo aquí?
Bueno, al menos eso es lo que interpreto después de muchos gestos
- No hace tanto calor- respondo combinando las dos palabras de árabe que conozco: "no" (la) y "calor" (jarara) con unos cuantos gestos.
Ellas me señalan su casa. Quieren que entre. Les digo que no y vuelvo a casa con la botella de agua.
Hassan nació en 1983. Era el segundo y último hijo. En 1998 dejó de estudiar porque le parecía que su padre ya estaba mayor para trabajar. Un día fue a casa y les dijo a sus padres que ya estaba bien, que se quedaran en casa que ahora él se encargaba. "Les dije que se quedaran y yo salí a trabajar a la obra, y me ganaba 40 o 50 dirhams (4 o 5 euros) por día y volvía y compraba alguna cosa para comer y ya estaba bien."
"En febrero pasado, yo estaba trabajando en El Aaiún cuidando casas. Cobraba 24.000 ryals (120 euros) por mes y con eso tenía que comprar mis ropas, las de mi madre, mi hermano y mi padre. No era suficiente pero era lo que había. En marzo, estaba de vuelta en El Aaiún después de un viaje que había hecho de El Aaiún a Guelmim para estar con mi familia. Ese mes me dijeron que mi padre se había muerto. Tenía 84 años y mucha tos. Así que tuve que volver de El Aaiún y quedarme con mi madre y con mi hermano porque estaban solos.
Pero ahora que mi madre y mi hermano están con Mbark (el hermano de su madre) y se pueden quedar con él, yo tengo que buscar mi suerte con la patera si Dios quiere.
-¿Y no puedes encontrar trabajo en Marruecos, en Casablanca, Agadir?
- En Casa (Casablanca), en Tánger, en todos lados es lo mismo: 40 o 50 dirhams al día y con eso no basta. Además, en Casa, los alquileres son carísimos, puede que 1.000 dirhams y uno trabaja solo para pagar el alquiler. Aquí en el pueblo por lo menos se puede trabajar para algo más.
Al final de la conversación, Hassan me pide otra vez "el número de Internet" porque lo ha perdido. Le doy la dirección de correo electrónico y mis números de teléfono.
Quiere que vaya a cenar a su casa. Apunta con un dedo en la dirección de su casa y dice "mi casa es igual a tu casa".
También me habla de la patera. Me dice que lo normal es que viajen dos patrones que se turnan. Unas veces se quedan los dos en Canarias (y entonces hunden la patera y nadan hasta la costa), otras veces regresan los dos a Maruecos (así es como él cree que ocurrirá con su patera) y otras veces se queda un patrón y el otro regresa. En el siguiente viaje, será él quien se quede en Canarias.
Hassan cree que la policía no intercepta a la mayoría de las pateras y que cuando lo logra, es porque hay otra que se está escapando en el mismo momento. "Es cuestión de suerte."
Dejamos a Hassan en su casa y seguimos caminando hacia la casa de los abuelos de mi amigo e intérprete Abderrahman Saika en compañía de Mohamed, un hombre de unos 30 años que hace dos llegó a Sbouya desde Marrakech. Viste un abrigo impermeable durante un día de temperatura media 30 grados. Le faltan algunos colmillos y la piel de la cara se le pega a los pómulos. En cada mango del manillar de su bicicleta de montaña cuelga una bolsa. En una, tres litros de Coca Cola y Fanta en botellas de cristal. En la otra, no sé.
Vino a Sbouya para trabajar en la construcción de una mezquita. Dice que le gustó la naturaleza, que hizo amigos, que se quedó. Ayuda en alguna obra, recoge tunos y sobrevive.
- ¿Piensas emigrar a Canarias?
- No, no...- se ríe.
Y después de un rato le dice a mi intérprete sin que yo pregunte:
- A menos que me surja una oportunidad para irme.
- ¿Una oportunidad legal?
- No, no, nadie piensa en oportunidades legales.
No dice nada pero el ambiente de la habitación cambia con su llegada. Se hace un silencio general. Alguien le dice que yo estoy ahí. Me identifica y me pregunta, serio y en árabe:
- ¿Cómo estas?
- Bien
Alguien le dice que soy español.
- ¿Español?- me sigue diciendo en árabe.
- Sí- respondo.
- Háblale en español- le dice su esposa, la abuela de Abderrahman.
Y él obedece:
- Yo sabe un poquito...
- ¿Habla español? – me hago el sorprendido.
- Más o menos (esto último en árabe, a partir de ahora, salvo cuando se indique, en español).
- Un poquito de habla, de habla, un poquito... – sigue, y añade:- ¿Dónde está la comida? Comer.
- Ya comimos- le digo.
- ¿Beber té?
- Sí, gracias.
- ¿Café?
- No, no.
- ¿Con leche o café solo?
No sé si me ofrece o si es lo que recuerda de español. La abuela de Abderrahman, a la que alguien le ha traducido nuestra conversación, me dice:
- Si quieres café, aquí hay...
- No, muchas gracias.
El abuelo saluda a Stacy, y bebe su té a sorbos ruidosos, como es costumbre aquí en el Sur. Vuelve a mí.
- ¿Qué haces aquí?- me pregunta.
- Trabajo, soy periodista.
- ¿Tienes madre?
- Sí.
- ¿Y padre? ¿También? ¿Dónde?
- En Tenerife.
- ¿Bien, padre y madre?
- Sí, los dos.
- Bien, es bueno.
Llega el arroz para el abuelo, me dice:
- La comida, ¿quieres?
- No, ya comí.
- ¿Ya?
- Sí, gracias.
- Bueno.
Le pregunta algo a Abderrahman y de nuevo se dirige a mí:
- ¿Por qué viene aquí?
- Vengo por trabajo.
- ¿Trabajo?
- Sí.
- ¿Aquí?
- Sí.
- ¿En la obra?
- No, no,... en la obra no
Se ríe y habla un poco más con su nieto Abderrahman. Su esposa le pregunta a Abderrahman si yo compré muebles para mi casa en Sbouya. Abderrahman le responde que no.
- ¿Entonces no tiene dinero?- dice ella.
- No- responde Abderrahman por mí.
- ¿Y cómo se le ocurre venir a Marruecos sin dinero?
Abderrahman le explica a su abuelo que vine a estudiar la emigración clandestina hacia las Islas Canarias, que quiero saber por qué viaja la gente.
- Porque tienen hambre- dice el abuelo en árabe provocando la risa de todo el mundo.
Y a mí, en español:
- No hay pan.
- ¿Ahora hay menos trabajo que antes, cuando usted era joven? – le pregunto.
- Cabras, eso era todo- se ríe- trabajo, nada, nada.
- ¿Antes sí había?
La madre de Abderrahman me explica que su padre era un militar con los españoles, cuando estaban en Ifni. El abuelo lo oye y me dice:
- Servicio de España. Siete años.
- ¿En Ifni?- le pregunto.
- Licencia, licencia.
Abderrahman me cuenta que los españoles no quisieron pagarle y por eso tomó la licencia.
- En Sbouya, ¿antes trabajaban también con los tunos?- le pregunto.
- Sí, había tunos, y los llevaban en camellos para vender en Guelmim, y además los secaban al sol para comerlos fuera de temporada (esta frase en árabe, con la traducción de Abderrahman).
- ¿La situación era igual que ahora? ¿Qué cambió? ¿Por qué todo el mundo se va a España ahora?
- Antes no había emigración clandestina porque era fácil para los jóvenes ir a España, iban en los grandes barcos y ya está, trabajaban pescando y cuando paraban allí, se bajaban, estaban más relajados en las islas.
No es peludo ni joven, pero nos mira.
Ya estamos en el camino abierto y de tierra que nos llevará a casa de los abuelos de Abderrahman. A una distancia de entre uno y dos kilómetros en una ligera pendiente podemos ver otro asentamiento de cuatro o cinco casas. Allí viven los abuelos. A la derecha del camino, más palmeras y cañas que de costumbre. Abderrahman dice que es porque en esta zona hay más pozos. A nuestra izquierda, a una distancia de unos 200 metros, las líneas de alta tensión corren paralelas al camino. Tras nosotros, un niño apremia a su burro hasta quedar justo detrás de nosotros. Entonces se adapta a nuestro paso y nos observa, sobre todo a mí. Es el mismo niño que en la tienda había atado su burro a una bombona de gas.
Hoy iba a ser el día en que me metería en la piel del sbouyano. Mi amigo Hassan, de 23 años y habitual de los aknari (tunos), me había prometido que me dejaría acompañarlo al trabajo al día siguiente. A las diez de la mañana en casa, me había dicho, y a las diez lo encontré en el centro del pueblo cuando yo iba de camino a su casa.
- Espera aquí- me dijo.
Esperé y al momento apareció su prima de 22 años con su bebé de diez meses. Los cuatro nos subimos en la guagua de Sidi Ifni que ya estaba esperando frente a la cafetería y que pasaba por el campo en que íbamos a trabajar. Yo no entendía bien la presencia de la prima de Hassan, y menos la de su bebé.
A cinco kilómetros de Tleta Sbouya, Hassan nos indicó que bajáramos. Nos separamos de la carretera y comenzamos a subir la ladera derecha del monte. A media subida nos encontramos con Mbark, el tío de Hassan, y su hijo Mustapha al lado de un burro cargado de cajas de aknaris (cada una de 40 kilos). Iban a depositarlas junto a la carretera para cuando el camión llegase. Ese día llenaron veinte cajas, es decir, 800 kilos y entre 800 y 1.000 dirhams (80 y 100 euros).
Quinientos metros por encima de la carretera encontramos la casa de Absalun, un hombre de un metro setenta y cinco, extremadamente delgado y con bigote. Unos 35 años. Por lo que supe después, era como un hijo de Mbark sin serlo. Por lo que supe después también, trabajaba como guardián de una escuela cercana.
Absalun y Hassan se intercambian dos minutos de saludos (¿todo bien? ¿La familia, bien? ¿La vida, bien? ¿Tal persona de tu familia, bien? ¿Esta otra persona de tu familia, bien?). Aquí, cuanto mejor se conoce a alguien, más largo es el saludo: hay más gente sobre la que preguntar. Absalun vive solo en su casa sobre la colina. Es la primera casa de Sbouya en la que veo sillones. Duros como piedras pero sillones al fin. Siguen la línea de las paredes, en forma de U. Sobre ellos, una foto del rey Mohamed VI.
Absalun juega con una radio de pilas. La conecta y me la alcanza riéndose. Es una emisora canaria y se escucha igual de bien que en la cocina de mi casa en La Laguna. Absalun sabe perfectamente quién es Zapatero y quién es Aznar. El primero le gusta. También sabe que la mayoría de los españoles mostró su desacuerdo por la participación en la guerra de Irak.
Tomamos té y comemos galletas con nata y manises. Después, almorzamos un plato de huevos duros, pollos, papas, zanahorias y especias.
- Todo Sbouya es tranquilo, no te molesta nadie- me dice Hassan.
- Sí, toda Sbouya está bien, es tranquila- respondo.
- No, no- interviene Mbark- no todos, a los jóvenes, no hay que tenerles confianza, la gente de 30, de 40, sí puedes confiar,...
- Pero tambén hay jóvenes tranquilos- se queja Hassan.
- Puede que sí, puede que no, hay algunos que sí.. -dice Mbark.
- Hay muchos jóvenes que son bien, pero hay muchos que hacen zigzag- responde Hassan.
Hacer zigzag aquí es una forma de decir que no son claros, que ocultan algo.
Cuando se van las mujeres, después de almorzar, seguimos tomando té en el patio. Me pregunto cuándo vamos a trabajar con los tunos. Mbark y Absalun fuman de una pipa.
Absalun me invita para que me quede a dormir en su casa cuando quiera. Dice que tengo aspecto de marroquí.
Pido permiso para sacar la cámara y tomo una foto de Absalun comiendo una galleta de nata y estirando la pierna derecha sobre la rodilla izquierda. También fotografió a Mbark, encendiendo y fumando de la pipa con las piernas cruzadas. Y a Mustapha, el hijo de 15 años de Mbark.
De repente, Absalun se levanta corriendo y vuelve con un turbante y una derraá azul que me pide me ponga. Obedezco. Él arregla el turbante en mi cabeza y me saca una foto con mi cámara. Luego trae unas gafas de cristales verdes y un trapo blanco de cocina. Se quita el cinturón y lo utiliza como cinta para fijar el trapo a mi cabeza. Me pone las gafas. Soy un saudí, dice y me saca otra foto. Luego trae la chaqueta de un traje, una gorra del ejército español y una estaca. Soy un talibán, y ahí va otra foto.

Después de la sesión de fotos y del quinto té, a eso de las tres, tres y media de la tarde, me anuncian que vamos a recoger tunos por fin. Me encasquetan un gorro de paja, me alcanzan un guante de plástico que estaba tirado al sol y que es puro fuego sobre mi mano derecha y me prestan un cubo que sostengo con la izquierda.
Los tunos hay que arrancarlos con un pequeño giro y una leve presión hacia fuera. Es peligroso tenerlos a barlovento en ese momento porque cuando el tuno siente que lo arrancan descarga unos cuantos pinchos de defensa (aquí, shuk, por su trascripción fonética). Si no nos ponemos de espaldas al viento, es fácil que los shuk terminen en nuestros ojos, algo de cuyas consecuencias aún no me he enterado.
Por mucho guante y muchas mangas largas que uno lleve, los shuks terminan incrustándose por todo el cuerpo. Si bien son molestos, no son peligrosos. Un par de días y un par de duchas terminan de llevarse los que superaron la primera criba con las pinzas que aquí todo el mundo lleva colgadas del cuello.
Brazo de Mbark después de un día de trabajo con los tunos y los shuks.
Después de la foto obligada recogiendo tunos con la derraá puesta me anuncian que ya está bien, que regresamos a Tleta Sbouya. Entiendo que no he habido hacerme entender. Yo quería sufrir los rigores de un día de recolección para entender mejor la vida de un joven sbouyano y todo lo que he conseguido ha sido tomar té y comer.
Mbark y yo caminamos hacia Tleta Sbouya por la carretera con la esperanza de encontrarnos con la guagua durante nuestra marcha. Si no llega, tampoco es tan grave: son solo cinco kilómetros. Aparece después de diez minutos. Mbark insiste en pagar también mi pasaje pero consigo adelantarme.
- Los universitarios emigrantes ¿cómo pagan su viaje? Porque por lo que he entendido, los jóvenes lo reunen recogiendo tunos..
- Pues consiguen el dinero de los familiares, cien dirhams por un lado, cien por otro... y así reúnen el dinero para viajar ,
- ¿Nadie intenta desanimarlos?
- La vida es lo que les anima a irse, a buscar un lugar donde puedan vivir con más derechos.
- Pues allí van a ser ilegales...
- Eso solo los primeros años. Ellos pueden ser pacientes hasta 3, 4 o 5 años,
- ¿Todos saben que no serán bien tratados?
- Sí, y eso está aceptado. Mi tío estuvo seis años sin papeles hasta que se casó con una mujer de allí. Esa es otra idea común: llegar allí y casarse con alguien de allí y entonces llegan los papeles. Pero lo importante es llegar allí y tener una oportunidad, si se quedan aquí, no van a tener una oportunidad.
- ¿Los padres suelen saber que los chicos viajan?
- Algunos lo saben sí, y como saben que otros chicos ya fueron a España y encontraron trabajo, entienden que sus chicos quieran tener su vida allí, trabajar, tener dinero y volver cada año y traer un coche, hacer una casa, que es fácil en Marruecos con la divisa tan fuerte como el euro. Se pueden quedar 5 o 6 años en España y convivir con más gente allí para compartir el gasto de alquiler y ahorrar para cuando vuelven a los cinco años. Con 30 mil euros compran una casa aquí.
- Y cuando ocurre una tragedia como la de marzo en que cinco chicos de la zona murieron, ¿cambia la idea que los padres tienen sobre la emigración en patera?
- A los chicos no hay nada que los pare. Los padres pueden decir no, pero los chicos tomarán su propia decisión de cualquier modo, ¿qué harías tú?
Stacy Sabraw es una estadounidense de 38 años que llegó a Sbouya en 2003, como voluntaria de los Peace Corps de Estados Unidos. Hace un trabajo de educación sanitaria materno-infantil.
- ¿Por qué crees que es tan común el fenómeno de la emigración clandestina en Sbouya?
- Yo veo la vida diaria de los jóvenes de esta comunidad y la verdad es que no me sorprende que la emigración sea la alternativa. Hay pocas o ninguna actividad para los jóvenes que no sea trabajar, y el trabajo es poco en esta área así que ¿qué es lo que pueden hacer?
Pueden participar en la mezquita, pero eso solo se lleva parte de sus días. Luego no hay organizaciones de jóvenes, aparte de Les Chemins Culturelles, que por cierto organizaron al principio de este verano el torneo de fútbol, una idea muy buena porque era una excusa para que vinieran los jóvenes del área. Yo creo que ese es el tipo de cosas que tiene que ocurrir y que desgraciadamente no ocurren porque ellos tienen que sentir que hay algo para hacer.
El rol social
La otra cosa es que los roles en esta sociedad están muy definidos. Si eres un hombre, tienes que tener una familia y un trabajo para mantener a tu familia. La familia es el número uno en importancia en esta sociedad. Me atrevería a decir que casi por encima de la religión, así que si no puedes tener un trabajo para así tener una familia, tu valor es cero y este es el mensaje que los jóvenes reciben en esta sociedad. No hay sensación de logro por otros caminos que no sean esos.
Fuentes de sentido
Nosotros pusimos un anuncio en el almacén del pueblo diciendo que este verano íbamos a tener un club de inglés, que iba a ser gratis, una vez por semana... Bueno. Tres personas se apuntaron, y eso que este es un lugar al que todo el mundo viene en el día de mercado (el martes).
Así que las razones pueden ser: o que no quieren tener el tiempo programado y atado o que las clases de inglés no valen su tiempo. De modo que ¿dónde están las fuentes de sentido para ellos? El sentido aquí viene del trabajo y viene de la familia, así que si no pueden acceder a ninguno de los dos, ¿qué hacen? Además, tampoco tienen que ocuparse de las cosas de la casa que es el trabajo de las hijas...
Tiempo libre
Si están desempleados a lo mejor su padre también está desempleado así que ni siquiera pueden ir y ayudar a su padre en el trabajo. Ni siquiera sé qué hacen en su tiempo libre... duermen un montón... se levantan, van a encontrarse con los otros amigos desempleados, se quedan hablando horas y horas bajo un árbol sobre problemas sociales, políticos o sobre la chica linda que pasa por ahí... lo que sea, pero la cuestión es que nadie les enseña las alternativas locales.
- ¿Y por qué a Canarias?
- Me gustaría saber cómo empezó la moda aquí, por qué empezó esta emigración específica hacia las Islas Canarias. Parece ser la alternativa popular aquí, no sé de dónde viene pero a veces lo único que hace falta es que empiece uno y que regrese a Sbouya para que todo el mundo empiece a seguirlo.
¿Qué piensa el resto de la comunidad acerca de la emigración clandestina de los jóvenes?
Cinco chicos de esta comunidad (por el sector de Sbouya), murieron en un bote este año y estoy segura de que no es el único grupo de chicos de esta comunidad al que le ha ocurrido eso. Y es como si la comunidad no cogiera esta tragedia y la utilizara para educar a sus niños para que no se vayan.
No interferir en el destino de los hijos
Porque aquí existe un poco esa cosa de no interferir en el destino de cada uno. Tú decides tu vida. Si quieres ir a la escuela, vas a la escuela; si no quieres ir, no vas. Es tu elección... En América (por Estados Unidos) no sería así, ‘¿No quieres ir a la escuela? Todavía estás en mi casa así que vas a la escuela, eres un niño y vas a la escuela’ Es una mentalidad diferente.
- ¿Qué creen que se van a encontrar en Canarias?
- La idea es que si llegas a España, tendrás trabajo, tendrás dinero, tendrás un propósito en la vida y entonces podrás tener una familia y entonces te sentirás realizado. Así es cómo ellos lo ven.
Desde que estoy aquí, todo el mundo me dice ‘llévame contigo a América’ y lo dicen más en serio de lo que parece. Porque ellos ven América, y por lo que ellos oyen de las noticias que llegan aquí, es el lugar dorado para las oportunidades. Si van a América, ya está. Hay trabajos para todos, hay dinero saliendo de las ventanas... es el lugar al que hay que ir.
Al sueño por los aknari
Y la cosa es que todo el mundo necesita ayuda. Todo el mundo necesita un sentido de lo que es posible y yo me sigo preguntando ‘¿quién está alimentando el sueño de España aquí?’ Porque el sueño de la gente de aquí es este: ‘voy a trabajar con los tunos (aknari), voy a conseguir mi dinero y me voy a ir, tengo que intentarlo al menos una vez’
- ¿Qué perfiles son más comunes para la emigración clandestina?
- Y la otra cosa interesante es que no siempre son chicos que terminan la secundaria y se ven encerrados en su comunidad agrícola sin nada que hacer... hay gente que ha tenido más oportunidades que el joven medio de esta zona y aún así deciden irse, gente con nivel universitario.
Entre estos cinco chicos que murieron ahogados hace unos meses, había un universitario amigo de Abderrahman (el novio de Stacy). Con mucho trabajo se las había arreglado para llegar a la universidad, y la universidad le demostró que no tenía derechos.
Mustapha en la calle central de Sbouya, sobre el puente.
Como llevo la cámara y como saben que esta tarde he estado sacando fotos del pueblo, Mustapha y Tajar me piden una. Se colocan en poses y se burlan unos de otros. Yo hago las fotos. Soy la atracción del momento. Se sientan a mi derecha y a mi izquierda.
Absalun, que habla francés mejor que sus amigos, se gana mi atención. Él todavía no lo ha intentado la patera, me dice. Tajar, con un bigote que parece de pelusa, es el que menos habla de los tres. Tampoco ha hecho la patera todavía. Cuando hablan en francés, así es como llaman aquí al viaje hacia Canarias: "faire la patera".
- ¿Cómo está la vida?
No es la primera vez que me interpelan en español. Había salido de mi casa por la única calle asfaltada de Tleta Sbouya y bajaba a la tienda de Swailim para comprar leche. Me giro hacia la persona que me llama:
- ¿Usted habla español?- le digo. - ¿Cómo está la vida? - Bien gracias, ¿y usted? - Claro. Así fue como conocí a Ali hoy miércoles 31 de agosto. Vestido con derraá (el traje típico del Sahara) y turbante, me miraba con insistencia tras unas gafas de gruesos cristales. Me miraba con un solo ojo. El izquierdo tenía un color azulado, como si estuviera muerto. En la puerta de lo que luego descubrí que era su cafetería me explica que aprendió español en Ifni, con los españoles. Me invita a un té. Acepto. En la cafetería de treinta metros cuadrados hay dos mesas, dos bancos de madera y dos sillas. En el suelo, cuatro bidones de 20 litros de agua cada uno forrados con tela de saco y tres esterillas amontonadas contra la esquina. En un mostrador con la división en medio, doce botellas pequeñas de Coca-Cola cubiertas de polvo, una tetera de cinco litros y una balanza antigua, de esas con pesos. En la pared tras el mostrador, la foto de unos cantantes árabes que bien podrían ser el equivalente a Ana Belén y Víctor Manuel, cuatro teteras de hierro verdes y rojas colgadas y un espejo del tamaño de una cara. Ali me ofrece el banco de madera mientras prepara el té. - ¿Cómo se llama usted?- le pregunto. - ¿Eh? - Usted, ¿cómo se llama? - Ali. - Yo, Francisco. - ¿Francisco? - Sí. - Sí, bueno, yo, Ali. - Yo soy periodista, sajafi, journaliste. - Claro. Se mueve despacio detrás del mostrador. Le veo inclinar la tetera apoyándola en su antebrazo para soportar el peso. Se acerca a mí con su carné de identidad. Me lo enseña. Compruebo que nació en Sidi Ifni y el año. - Ah, usted nació en 1942. Mi padre nació en 1938- y como veo que no figura el mes- ¿no sabe qué día nació usted? - Claro. Pero no lo sabe. Si no me hubiera enseñado el carné, le habría calculado 75 y no 63 años como tiene. - ¿Por qué vino a Sbouya? - Aquí, niños míos aquí. Me trae una bandeja con los vasos y el té ya preparado. Al lado, tres piedras de azúcar que separó de un pan de azúcar. Me señala y señala luego a la tetera, como para que me encargue. - ¿Sirvo yo el té? - Sí. Introduzco las piedras de azúcar. Trato de agarrar el asa de la tetera. Me quema. - Pero está muy caliente- me quejo. - ¿Caliente? - Sí. - ¿Caliente mucho? - Sí. - ¿Tiene otra cosa para agarrar? - Sí- dice y me pasa un papel de periódico viejo. Lo doblo tantas veces como puedo y sirvo el té alargando el chorro como si fuera sidra asturiana. Entra un parroquiano quemado por el sol, un metro sesenta, delgado como un niño y con los dientes como estalactitas negras, amarillas y blancas. Se sienta en la única mesa libre y comienza a encenderse cigarros. - Musulmán del campo- dice Ali refiriéndose al recién llegado con quien empieza a hablar en árabe mientras yo sirvo el te desde lo alto. El musulmán del campo conecta una radio a pilas. Ali me pregunta: - ¿Usted sabe manera del té? - No. - Gracias, sí –me dice cuando le sirvo- bueno, sí, manera del té, muchas gracias... ¿Stacy sabe manera del té? (Stacy es la cooperante estadounidense que lleva en Tleta desde 2003) - Sí, ella sabe- le digo. En la radio suena una música repetitiva, un coro. Tomamos té en silencio hasta que le pregunto: - ¿Tiene hijos usted? - Sí, claro. - ¿En Sbouya? - Sbouya, sí - ¿Sus hijos? - Sí... Y tras otro pequeño silencio, vuelvo a la carga: - ¿Esto es una cafetería? - Claro. El musulmán del campo termina con gran estrépito el té que le he servido y dice: - Guaaau...- y se pone de pie para traerme el vaso vacío asintiendo con la cabeza. Ali dice: - Número uno...- me felicita por el té. Por fin, el musulmán del campo le pregunta: - ¿Spagnoli? (trascripción fonética) - Sí, spganoli- responde Ali. El musulmán del campo le pregunta si hablo árabe. - ¿Tú no sabes arabia?- me traduce Ali. - No, no- respondo. - Claro- dice Ali. Hablan en árabe durante unos cinco minutos. El musulmán del campo se levanta como para irse. Me mira y dice, en español: - Mucho gracias. - De nada- respondo y sirvo otro té para Ali. - ¿Él es su hijo?- le pregunto a Ali. - Claro. - No, no- dice el musulmán del campo que por lo que parece entiende algo de español. - No, no- dice Ali. - ¿Amigo?- digo yo. - Sí, amigos de la vida, claro- dice Ali. Y en seguida añade riéndose: - Tú tinto (y señala al musulmán del campo que en verdad está bastante tostado), yo blanco (y se señala a sí mismo). - Pero la vida es igual...- dice también. - ¿Tú sabes manera de la vida?- me pregunta Ali. - ¿Cómo es? - Negro, trabajo.. - ¿Negro por el trabajo? El musulmán del campo entiende esa palabra. Interviene: - Trabajo, Maroc, no, no. Después de una breve conversación entre ellos, Ali vuelve a dirigirse a mí: - ¿Sabe manera?- me dice. - ¿De qué? - De agua de vino... - ¿De beber vino? - Claro, ¿tú sabes manera de vino? - Sí, - Él ... - ¿Él bebe?- pregunto. - Claro, ¿no sabes manera del vino? - ¿Cómo? - Y la mujer... mucho vino, tranquilo... ¿tú sabes? - No entiendo. - ¿No entiende? - No, no entiendo. Ante mi obstinada incomprensión, Ali se rinde. - ¿Más té?- dice - No, ya está bien - Claro, tranquilo.. - Muy tranquilo- dice el musulmán del campo mientras vuelve a conectar la radio que en algún momento había apagado. - Yo una vida mala- dice Ali. - ¿Por qué? - Sí, tenía el azúcar. Y después: - Tú sabes manera, la vida de azúcar, todo, la vida... - Ah. - Claro- dice Y el té nos lo hemos tomado con tres piedras de azúcar del tamaño de tres limones. - Y chapar nada- sigue Ali, mientras estira el brazo derecho hacia delante con la palma abierta hacia delante también, en un gesto que solo puedo interpretar de un modo. - ¿Nada? - Nada. El musulmán del campo interviene: - Whisky marocain- dice y señala su vaso de té. - ¿Usted vive aquí?- le pregunto a Ali. - No, en la casa... en la casa. - Sukran (trascripción fonética de gracias en árabe marroquí)- dice el musulmán del campo, deja el vaso sobre la bandeja. - ¿Usted tiene hijos?- vuelvo a intentarlo. - Sí. - ¿Cuántos hijos? - ¿Hijos de qué? - Hijos, hijos.. - ¿Hijos de mí? - Sí. - Ah, tranquilos, tranquilos... La voz se le ahoga en cada palabra, como si le faltara el aire. El otro se va. Yo me voy también. Claro.
Achahour Kaltouma es la directora de la Cooperative Femenine Aknari. Es la única que trabaja en ella sin ser además miembro de la cooperativa. Es pequeña, se cubre el pelo con un pañuelo negro y, como muchas mujeres en este país, habla pausadamente. Por teléfono, mezcla francés y árabe con facilidad. Sobre la mesa tiene un ejemplar del diccionario de francés Le Robert, las páginas amarillas, el listín telefónico y las dos bandejas de plástico llenas de papeles que se pueden encontrar en cualquier oficina del mundo. En su despacho hay también dos armarios. Uno metálico con artículos de papelería, y otro de madera, con los bolsos de las mujeres que forman la cooperativa. Las puertas de este segundo armario, como la de su despacho y como la puerta desde la que se accede a la cooperativa, están abiertas. En cuanto a nuevas tecnologías, esto es lo que hay: 1. Un teléfono. 2. Un fax que ella emplea como fotocopiadora. 3. Un ordenador bastante reciente con la foto de un palmeral como fondo de pantalla. Por lo que me cuentan, es el único de Tleta y la directora permite que otras personas lo utilicen. 4. Una impresora. 5. Una calculadora. La directora enumera los otros proyectos promovidos (que no financiados) por la asociación civil Ait Ba Amrane (nombre de la zona que hoy comprende el Círculo administrativo de Sidi Ifni): el asfaltado de la carretera que une a Sbouya con Mesti en 1998, la donación de dos ambulancias (en una de ellas viajé ayer), y la creación, en 1999, de otra cooperativa femenina, esta vez para la extracción del aceite del Arguile (fruto del Argan) y en la vecina ciudad de Mesti. “Con la cooperativa, las mujeres que normalmente ya trabajaban en sus propios campos o en sus casas, obtienen ahora un dinero por su trabajo. No es como antes que trabajaban por nada. Aquí los horarios de trabajo son de 8,30 a 12 y de 14,30 a 18”. “En la cooperativa, una mujer es un voto por mucho que haya aportado en capital o en trabajo. La aportación de capital solo afecta a la hora de retirarse (hay que devolver esas partes). El salario que damos (40 dirhams al día, aprox. 4 euros) es un avance de los beneficios que se reparten a todas en función de las horas trabajadas, no en función de las partes que se hayan puesto. Si alguien pone varias partes, eso tampoco influye en su poder político.”
La Cooperative Femenine Aknari de Tleta Sbouya cumplió un año de funcionamiento en agosto y ya no necesita a la Asociation Ait Ba Amrane, que la creó, ni el dinero de Oxfam Québec ni el de la Embajada de Canadá, los principales donantes. Se basta sola.
En la entrada, junto a un cartel con el nombre del resto de donantes escrito a rotulador, hay un tablón de corcho cubierto por fotos del día de la inauguración. Hombres con traje, corbata y manos unidas al frente en posición de defensas ante un penalti; trabajadoras que sonríen y miran a la cámara, pañuelos blancos sobre la cabeza, batas blancas sobre los trajes tradicionales.
Dos mujeres que rondan los veinte años de edad y visten pañuelos y batas blancas me hacen pasar al almacén y sala de etiquetado. Allí me sientan frente a una mesa metálica y reluciente, traen un plato con mermelada de dátiles, otro con mermelada de tunos (aknari) y un tercero con palmas de tunera en agua, sal y un ingrediente secreto, como la Coca-Cola, bromea una. Son los tres productos que venden por todo el país (“Tánger, Casablanca, Agadir, Tan-Tan...”) y que por ahora no exportan. Traen además tres cucharas de plástico para que las pruebe. Con una sonrisa tímida, esperan mi reacción.
La de dátiles es puro dátil escachado, lo que a mi juicio es un logro. En la de tunos me desorienta un final salado que no entiendo en una mermelada. Las palmas de tunera cortadas en listas y condimentadas con agua, sal y un ingrediente secreto recuerdan en consistencia y sabor a los pepinillos de McDonald’s.
- Muy bueno- digo, y para darle más credibilidad, añado:- sobre todo esta
Vuelvo con mi cuchara sobre la mermelada de dátiles. Ellas sonríen, asienten y me animan para que siga comiendo.
Tleta Sbouya le debe su nombre al mercado semanal que allí se celebra los martes (Tleta, en árabe, significa martes y también el número tres). Los compradores empiezan a llegar a lomos de su burro el lunes y se quedan en casa de un familiar.
No es una precaución excesiva. El mercado comienza a las siete de la mañana del martes y, como mucho, dura hasta la una. Solo hay una carretera de asfalto y es la que une a Sbouya con Mesti y Sidi Ifni.
El mercado trae a Tleta vendedores de frutas, carniceros que matan al pollo en el momento de la venta, cocineros que despachan comida tradicional, radios, linternas, alarmas...
Los pequeños vendedores vienen en burro. Los grandes, en coche. Tiran todo al suelo, sobre plásticos, o sobre alfombras.

Por Stacy Sabraw he sabido que el mapa más reciente de la región de Sbouya es de 1977, es decir, de ocho años después de que España se fuera de Sidi Ifni (1969).
Según ese mapa, la región comprende 365 km. cuadrados de aldeas y casas diseminadas con aproximadamente 6 mil habitantes.
Tleta Sbouya, el pueblo donde he venido a vivir, es el corazón administrativo de la región pero no el lugar más poblado. Stacy cuenta que un año antes, cuando fue a preguntar el número de habitantes al funcionario responsable, éste hizo el cálculo delante de ella y le dijo:
- Contigo, 111.
Aún no sé si desde entonces ha habido algún nacimiento, alguna muerte o alguna mudanza pero lo más probable es que así haya ocurrido. Es una pena. Me habría encantado decir:
- En Tleta Sbouya, conmigo, 112.
En Tleta Sbouya hay:
En Tleta Sbouya hay también un horno de uso público a cambio de 30 dirhams (3 euros) mensuales. Los parroquianos compran la harina en el mercado, preparan la masa y la traen para que el panadero la hornee. El pueblo, y en general la región, vive de los aknari (tunos) o de la venta de cabras y ovejas.
EL CARNICERO DE SBOUYA PREPARA UN POLLO
Abdullah, mi casero, me espera en la que será mi casa de Tleta cuando llegamos. Arregla la puerta de madera, que no encaja en las bisagras, con un martillo y un destornillador.
Abderrahman y su novia, Stacy Sabraw, nos invitan a almorzar a Abdullah y a mí. Stacy es una cooperante estadounidense, miembro de Peace Corps, que llegó a Tleta Sbouya en 2003. Trabaja en un programa de educación sanitaria para madres y niños. Stacy va a ser además mi vecina. Ella le alquila a Abdullah el apartamento de la planta baja.
Mi casero es delgado, usa barba y ronda los cincuenta años. Abderrahman teme que a Abdullah le moleste sentarse a la mesa con Stacy. Pero no hay problema. Sentados en colchonetas, los cuatro metemos los dedos en el tajine de verduras que Stacy ha preparado.
Después del almuerzo Abderrahman sube conmigo a la terraza para compartir tres horas de trabajo sacando tierra, bidones y piedras del dormitorio, cocina y baño de mi casa.
EL BAÑO DE MI CASA.
Tras una siesta que no duermo bajo a una de las cuatro tiendas del pueblo para comprar estropajo, fósforos y agua. Me encuentro con Hassan. Es el familiar de un amigo. Me invita a su casa y acepto.
De la Kiada nos vamos a la carnicería. Compramos algo para el tajine y nos sentamos en un bar a esperar la guagua ayudados de una sombra y de una Coca-Cola. Pero la guagua no llega.
El tiempo pasa lentamente en Mesti. Intentamos el autostop sin éxito. Al fin nos subimos en una guagua que no es la nuestra pero que nos acerca a un cruce más autoestopero.
Treinta minutos más tarde tenemos suerte. Una ambulancia con un cartel que dice “Donación del Grupo Boluda” nos para. Me entero de que es la ambulancia para las emergencias de Sbouya. También me entero de que sus conductores vienen de dejar al Caid en Mesti.
Hoy martes fue el día de regreso a Tleta Sbouya desde Guelmim. Hoy me daban las llaves de la que sería mi casa durante tres o cuatro semanas. Las combinaciones posibles para llegar a Tleta desde Guelmín son:
Land Rover directo por camino de tierra: 20 dirhams. Hay que esperar a que el chófer llene el Land Rover antes de partir.
Grand Taxi, que suele ser Mercedes, hasta Mesti (10 o 13 dirhams) y desde Mesti, enlace con la guagua que une Ifni con Sbouya (3 dirhams). Los conductores de Grand Taxi, como los de Land Rover, necesitan ver a sus clientes apretados antes de salir (4 en el sillón trasero y 2 delante, junto a él). Para que eso ocurra no suelen hacer falta más de veinte minutos. La guagua de Mesti a Sbouya se hace querer y pasa cada dos o tres horas.
Mi amigo Abderrahman Saika, que me ha ayudado con alojamiento, traducciones y cariño, me acompaña. Optamos por la ruta de Mesti porque es allí donde está la Kiada de la que depende Sbouya.
El segundo del Caid me dice que los datos socioeconómicos de Sbouya los tiene el Caid, que hoy está precisamente en Tleta Sbouya (hoy es día de mercado en Tleta). También le dice a Abderrahman que sabe quién soy. Que le llegó el fax y que no hay problema.
Me preguntó quién se lo habrá enviado. Cuando me dieron la autorización en el Ministerio de Comunicaciones, ni siquiera yo sabía que algún día visitaría Mesti.
“Porque lo de ilegal me mando todo entero y puedo vivir pero también puedo morir. Y no es que tenga miedo de morirme. Todo el mundo va a morir. Nadie va a quedar arriba de la tierra. Ninguno. Y ¿quién los va a matar? Dios. Cada uno con su día. Y yo estoy allí también. El día que va a terminar mi vida, entonces va a terminar. Si yo salgo con la patera y mi vida termina, pues termina.”
“¿Y esa gente que está pescando todos los días? ¿Que todos los días saca su comida del mar? Esa gente tiene que pescar en la patera para comer él y sus hijos todos los días... Y yo, nada, tres días, cuatro días y ya está.” ¿Qué piensan tus padres? Si yo me muero, ya saben que terminó mi edad. Y si tengo vida, es porque me da Dios más vida, y entonces tengo más vida. Nadie puede matarme. ¿Qué es lo que te gustaría hacer? Lo que quiero yo es trabajar allí y pasar dos meses o tres meses de vacaciones aquí, en Marruecos. “A mí me gusta viajar, en avión, en barco, en patera, en coche, en todo.”"Si yo salgo con la patera y mi vida termina, pues termina."
¿Hay racismo en España?
Sí que hay racismo en España. Hay gente que te trata diferente, dice, porque eres musulman, pero ¿qué le pasa? Sí, yo soy musulmán y tú eres católico, y ¿qué pasa? Cada uno tiene su religión, pero todos tienen cabeza, ojos, nariz, boca, comer, cagar, trabajar y vivir la vida hasta cuando uno se muere, ¿qué te vas a llevar cuando te mueras? Nada, no te vas a llevar nada.... Solo si haces cosas buenas con la persona y con Dios te llevas algo.
"...allí la gente sí dice 'moro' y cuando me dicen 'moro' yo le digo 'payo, ¿qué te pasa?'"Pero en Marruecos no. Aquí, si vienes de turista, nadie es racista y dice 'este español de mierda'. Pero allí la gente sí dice 'moro' y cuando me dicen 'moro' yo le digo 'payo, ¿qué te pasa?'.
“En medio de una de las noches hemos visto una ballena. Primero yo vi su cabeza y le dije a un chico: ‘Mira, mira y cállate porque si toda la gente quiere mirar, volcamos’. Después de una hora, hora y cuarto, veo dos ballenas, iguales, que vienen para nosotros, fuuuuuuf y hace el agua piiiiiisssssch, en medio de la noche.
Le digo a la ballena: ‘que vas a tirar esta patera’. Cogimos unas garrafas que teníamos, las llenamos de gasolina Súper y las tiramos delante de ellas. Cuando llegaban a la gasolina, la olían y se iban. Así dos veces y ya no vinieron más. Eran muy grandes, como un autobús grande.”
¿Por qué este segundo viaje a Gran Canaria?
Yo no quería salir a Fuerteventura. Para mí, estaba más cerrada, más vigilada, y a mí el mar no me importa nada, no me hace nada. Es como pescar. Salgo riendo, hablando... Hasta cuando llegamos allí me dice la Guardia Civil: ‘es mentira, ustedes no pueden venir de la patera, vienen del barco que los dejó allí cerca’ y yo les juro que no, que llevamos tres días en el mar pero no me creen. Tres días en el mar, de noche, y de día.
"...a mí el mar no me importa nada, no me hace nada. Es como pescar. Salgo riendo, hablando... "¿El patrón iba para quedarse o pensaba dar la vuelta? Al principio decía que iba a dejar a la mujer allí para volver, pero cuando se rompió el motor la primera vez y lo arreglamos, dijo que se iba a quedar también, que una vez en Gran Canaria íbamos a romper la patera para que se hundiera. “El último día la marea estaba subiendo y cuando el mar sube hay problemas. Un chico de mi patera dice ‘me voy a morir’ y llama a su familia en Fuerteventura para decirles que el agua está por arriba de la patera y que se va a morir.” “Pero no hay agua ni hay nada. Él solo tenía miedo. Yo fui el que llamó a la Guardia Civil porque se nos había estropeado el motor y no servía más y les dije ‘mire usted, que tengo una patera rota en medio del mar y ha entrado agua y va a bajar al fondo, tienen que ayudarnos por favor, estamos cerca de una fábrica de cemento así y así, con un faro arriba...” “El 17 hemos llegado a Gran Canaria. He salido en el periódico de allí mirando a la cámara, con los ojos blancos. Tengo una gorra, se ven solo mis ojos y la chaqueta de cuero.” “Esta vez estuve 36 días en el centro y me expulsaron a Marruecos. Si hubiera aguantado 4 días más, me dan libertad, pero con 36 te expulsan a tu país. Esta vez me mandaron en avión de Las Palmas a Melilla y de Melilla me hicieron pasar la frontera.”
"Quiero un montón de cosas, casa, dinero, vacaciones, vivir la vida, eso es."“Yo tengo que hacer mi casa sola, quiero mujer, quiero coche, ¿entiendes? Quiero un montón de cosas, casa, dinero, vacaciones, vivir la vida, eso es. Tengo que tener una vida normal y corriente como todas las personas.” ¿Y en Marruecos no hay vida normal? Sí hay vida normal y corriente pero para mí ya no, para mí.... A mí me gusta un futuro rápido, ¿entiendes? Un futuro rápido, de tres o cuatro o cinco años para tener mi casa aquí buena, un negocio grande.... “Ahora lo único que tengo es lo invertido en el negocio de la ropa, que si me lo quiero comer, salgo ahora a Casablanca y vengo sin nada, porque yo tengo un agujero en la mano, no miro el dinero, me gustan mucho las vacaciones, el turismo, no me gusta quedarme en Guelmin toda la vida. Quiero mirar hasta América, ¿por qué no? Ir allí uno o dos meses y volver, como tú también y como el otro y el otro...” “Cada uno busca su vida, tiene que vivir una vida normal y corriente.”
El Bachir. Hijo de Sbouya y vecino de Guelmin. Veinticuatro años y ya lleva dos travesías de patera en sus carnes, dos internamientos en centros para inmigrantes y dos pasajes pagados por el Estado Español hasta Nador.
Segundo de ocho hermanos, El Bachir alcanzó a estudiar hasta los 15 años, edad a la que prefirió trabajar en el que entonces era el negocio de su padre: comercio de hierbabuena entre Casablanca a Francia.
Cuatro años de conducir el camión y de vigilar a los empleados agotaron a El Bachir. Volvió a Guelmin y en un año y medio obtuvo el título de peluquero unisex, el permiso de conducir y el pasaporte.
"Yo no quería trabajar más en Casablanca, desde las 4 de la tarde hasta las 11 de la mañana, era mucho trabajo, no quería más, aunque hubiera billetes, porque sí, sí que había billetes. Nosotros mandábamos hierbabuena a Francia a casi 5 euros cada paquete y lo comprábamos por 20 céntimos. En Casablanca, trabajando con mi padre, yo podía estar cobrando entre 100 y 150 dirhams al día (entre 10 y 15 euros, aprox.).”
"...mi padre me mandaba siempre dinero desde Marruecos. Desde que estaba en Fuerteventura y durante esos primeros meses en Tenerife, mi padre siempre me mandó 25 mil pesetas, 40 mil pesetas..."“A los dos meses de estar viviendo en Los Cristianos empecé a trabajar en una obra con un chico de Túnez, por el Amarilla Golf, por el Médano, por San Isidro, y ahí trabajaba en obras. No le importaba que no tuviera papeles pero me pagaba poco, 30 euros al día y trabajaba desde las 7 hasta las 5 de la tarde.” “Hay en San Isidro una barandilla blanca. Desde abajo, del río, hasta lo último de San Isidro para arriba. Le he hecho yo con el chico de Túnez. Él y yo hemos hecho esa barandilla de hierro con pintura blanca.” “Estuve cinco meses con él y cambié de trabajo para el restaurante donde al mesm y con el bote, sacaba unos 1.000 euros. No tuve problemas con la policía. Vino una vez pero salí corriendo desde fuera del restaurante para mi casa, recto al taxi. Dejé todo en el restaurante, salí por la puerta de atrás y no me vio nadie. Si no, tienen problemas ellos (los del restaurante) y yo.” “Compré un Citroen AX. Con los cinco meses que trabajé con el chico de Túnez en la obra, con 30 euros al día y sin gastar nada tenía dinero para eso. Además, una chica inglesa con la que vivía se ocupaba de todo, alquiler, comida, bebida, hasta la ropa me la compraba ella. Yo trabajaba y guardaba poco a poco lo que ganaba. Compré el coche por 1.000 euros con papeles a su nombre y el seguro a su nombre.... y allí yo conducía con el permiso de aquí (Marruecos) pero nunca me paró la policía. Casi siete meses tengo el coche y nunca me paró la policía. Ya cuando entré a trabajar en el restaurante empecé a mandar un poco de dinero a la familia.
DELEGACIÓN DEL MTERIO. DE PLANIFICACIÓN
A la delegación llegué a las once y media. El responsable había salido. Para confirmarlo me enseñaron su lugar de trabajo: dos mesas y cuatro sillas. Nadie sobre ellas.
Debía regresar en una hora, me dijeron, así que en una hora regresé y lo encontré. Tenía a dos personas con él. A juzgar por la forma en que lo trataban pensé que serían compañeros.
Me escuchó. Se levantó y caminó al otro lado de la habitación. Abrió una gaveta y sacó un CD envuelto en plástico rígido. Me lo entregó:
- Aquí está toda la información.
Y así fue. En él estaba toda la información.
Me acordé de la celeridad con que en el Ministerio de Comunicaciones, en Rabat, habían tramitado mi permiso para trabajar en el país: un día después de mi primera visita lo tenía en mi poder. El Consulado de Las Palmas había enviado una carta un mes antes pero no dejó de sorprenderme. Supongo que esperaba menos reflejos de la administración marroquí.
ABDERRAHMAN SAIKA
— ¿Pensaste alguna vez en emigrar hacia las Islas Canarias?
— Fue una idea cuando estaba en escuela primaria pero la olvidé cuando llegué a la secundaria.
— ¿A qué edad?
— Empecé a pensar en ello cuándo tenía 10 años, que las Islas Canarias podrían ser una salida para mí más adelante.
— ¿Por qué lo pensaste?
— Porque tenía a mis dos tíos, y a más gente de mi familia, que habían ido allí, y encontrado un trabajo, y decían que eran felices.
Lo que pasó a muchos chicos de mi generación es que pensábamos en eso como nuestra única meta, nuestra única aspiración para el futuro. Y empezamos a soñar sobre eso, con los 400 euros que hacían falta para ir allí desde El Aaiun, Tarfaya o Tan-Tan, conseguir una barca con la que ir a España.
Yo estaba pensando en esto. Había visto a mis tíos y a muchos miembros de mi familia que habían ido y que me decían que ese sitio era un infierno de oro, y que era bonito, y bla, bla, bla, así que pensaba hacerlo en el futuro.
— Pero cambiaste de idea...
— Más adelante me di cuenta de que cualquier lugar puede ser un lugar para trabajar, que en cualquier lugar puedo tener mis oportunidades. Así que primero trabajo para tener un título en este país. Me quiero hacer una posición en mi país. Hacerme legal primero en mi país, con un título universitario, y entonces buscaré una oportunidad para trabajar en mi país.
Y si esa oportunidad en mi país no llega, entonces la idea de España vendrá hacia mí. Si yo estoy preparado pero mi país no hace nada por mí, entonces me habré ganado el derecho de dejar mi país. Entonces intentaré usar una forma legal de salir, y si me dicen que no, entonces voy a hacerlo de forma clandestina. Y me voy a sentir muy cómodo con esa decisión.
Pero por ahora estoy estudiando y no tengo en absoluto lo de la inmigración clandestina en la cabeza. Pero vendrá a mí si consigo mi título en este país y no encuentro un trabajo.
— ¿Cómo crees que va a ser tu vida si terminas entrando de forma clandestina en España? ¿Qué crees que podrás hacer?
— Yo creo que Dios creo este mundo y puso el océano entre los continentes y que si yo no consigo mi oportunidad en una parte de este mundo, no me voy a quedar en esa parte.
Voy a buscar mi oportunidad y tal vez mi oportunidad esté en otro lugar. No creo que haya nadie en esta tierra que pueda obligarme a quedarme en un lugar. Yo siento que tengo mi libertad y si no tengo esa libertad porque tengo que quedarme forzosamente en un país, eso, eso no lo puedo aceptar. Voy a ir a la frontera y voy a salir cómo sea porque, ¿por qué tengo que quedarme en un lugar si en él no tengo oportunidades? No me voy a quedar en un país en el que no tengo mi libertad para trabajar, para tener mi familia, para estar feliz.
"Voy a buscar mi oportunidad y tal vez mi oportunidad esté en otro lugar. No creo que haya nadie en esta tierra que pueda obligarme a quedarme en un lugar"Hablo por mucha gente que querría decir esto pero no pueden expresarlo. Si hablas con mi abuela, que tiene sus dos hijos en Tenerife, y le preguntas por qué emigraron a España, te dirá: uno, por el trabajo, dos, esta región de Sbouya no les dio objetivos para su vida, tres, ese lugar tiene una divisa más fuerte... un montón de cosas te dirá. Pero lo principal es que no hay trabajo. No hay trabajo. Eso es.
Abderrahman Saika nació en 1983 en Sbouya, donde viven sus padres y varios de sus hermanos (son ocho hijos). Tiene dos tíos en Tenerife desde hace unos diez años. Él estudia francés e inglés en la Universidad de Agadir gracias a una beca del Estado marroquí. — ¿Por qué crees que emigran los marroquíes? — Porque la gente tiene problemas para encontrar trabajo, es un problema financiero. No es un problema político, ni nada, es simplemente por la economía. La gente emigra hacia España porque quieren encontrar trabajo y vivir con seguridad. — ¿La gente no tiene ni siquiera para comer? –– No es que no tengan para comer, sino que no tienen para pagar cosas que son necesarias. Por ejemplo, para los niños hacen falta muchas cosas. No es solo comer. Para tenerlos en la escuela, por ejemplo... Hay que comprar cosas para la familia y lo que los que emigran quieren es no tener que estar pensando si van a llegar con el dinero para el mes. — No están seguros de cuánto van a tener cada mes... — Sí, cambia cada mes. A veces no tienen ningún ingreso en un mes. — ¿Y entonces cómo hacen? — Es gente que trabaja en cosas estacionales. Por ejemplo, en mi zona de Sbouya, hay muchos que trabajan en la recolección de tunos. Usan ese trabajo para hacer un poco de dinero y ahorran para el resto del año. Pero no es suficiente. — ¿Cuántas horas trabajan por día en la recolección de tunos? — Depende de cuántas cajas tengan para llenar. La mayoría empieza a trabajar por la mañana, porque es cuando menos pega el sol y porque es cuando menos se pican con los pinchos del tuno. Pero trabajan todo el día, desde las 5 de la mañana hasta la puesta del sol, puede ser. — ¿Y qué hacen cuando se ven sin ningún ingreso en Sbouya? — Se van a las ciudades, la gente de Sbouya se va a Guelmin o a Sidi Ifni. — ¿Dónde viven en la ciudad? — Algunos alquilan casa en los alrededores. Pero no son sitios para vivir. Los techos son muy frágiles y hay un montón de insectos. No es un sitio ni para animales. — ¿Y qué hacen para ganarse la vida en la ciudad? — Muchos tienen carritos con los que intentan vender lo que sea en las ciudades. Frutas, vegetales, lo que sea, para conseguir el dinero de un día de dinero y a veces ni eso.
Venta ambulante en el mercado de Guelmin
— ¿Tienes idea de cuántas familias de Sbouya tienen relación con la emigración?
— Creo que en cada familia hay al menos una persona que se fue a trabajar a España.
— ¿Y a algún sitio de España más que a otro?
— A las Islas Canarias, primero, porque son nuestras (risas).
— En serio...
— No, porque el clima es similar y porque es la única solución para llegar a la Unión Europea.
— Pero podrían ir al Norte y llegar a Andalucía también
— Sí, es posible, pero lo estamos reservando para la gente del Norte.
— Así que es por solidaridad...
— Sí, eso es, estamos compartiendo las salidas hacia tu país (risas).
RECUERDO ESPAÑOL. EDIFICIO DE CORREOS Y TELECOMUNICACIONES (Sidi Ifni o Santa Cruz de la Mar Pequeña fue parte del Africa Occidental española entre 1934 y 1969)
Iba a Sidi Ifni en busca de un hotel y terminé alojado en la casa de Mustapha, mi compañero de asiento en el autobús. Habíamos intercambiado tres o cuatro frases cuando le pregunté: -- ¿Conoce algún hotel barato en Sidi Ifni? -- ¿Un hotel? Quédate en mi casa. Me había inspirado confianza desde el principio. -- ¿Está seguro? -- Claro. -- Bueno. Gracias. -- Nada. En las dos noches que pasé en su casa, Mustapha se las arregló para tratarme como a un amigo de toda la vida y a la vez como a un invitado de honor. Me presentó a su hijo de cinco años y a su esposa. Me paseó por Sidi Ifni en compañía de un amigo, Abdehrraman, me presentó a cuanta persona relacionada con las Islas Canarias nos encontramos (algo bastante común, por otro lado), me llevó y me trajo al local de Internet, hizo de intérprete con mi futuro casero que vivía en Sidi Ifni, no me dejó pagar nada y, cuando por fin me fui de Sidi Ifni el viernes, envió a un familiar para que me recogiera en la parada de autobús de Sbouya.
Otra combinación habitual es blanco y azul, siempre abajo. El blanco y el amarillo tienen la cualidad de reflejar la luz. El azul, la de no dejarse ensuciar tan fácilmente.
Después de treinta minutos, apareció uno de los chicos con un tajine, que es el nombre del recipiente en el que se prepara y también de la comida (como ocurre con el mate en Argentina).
De modo que tajine es esto:
y lo que hay dentro también es tajine:
El nuestro era de papas fritas, verduras, especias y, oculto bajo todo eso, el pollo. El hermano más joven de Abdú trajo un balde pequeño de plástico y una botella de agua y nos la echó en las manos para que las limpiáramos sobre el balde. Alguien dijo Ismilah (por su reproducción fonética, "en el nombre de Dios"), Abdú dividió los panes con forma de circunferencia y los repartió. Su hermano sirvió la Coca-Cola, acercamos nuestros cojines a la pequeña mesa redonda y ayudados de panes y dedos comimos tajine en el tajine.
De allí nos fuimos al pueblo principal de Sbouya donde yo tenía planeado quedarme unas semanas para conocer la vida de una de las principales emisoras de marroquíes a las Islas Canarias.
En el camino, vimos algunas casas en construcción. Abdú me dijo que eran de gente que vivía en España.
También me enseñó el colegio:
Sbouya es el nombre de una región de colinas entre Guelmin y Sidi Ifni que vive practicamente de una sola cosa: el fruto de las chumberas. Los nombres que se manejan en Canarias para ese fruto son tunos o higos picos. Aquí los llaman chombos o chumbos, cuando quieren llamarlos en español, y ekanari, cuando usan el nombre árabe. Me dicen que ekanari podría tener relación con las Islas Canarias.
El paisaje de ortigales, chumberas y algunas casas diseminadas es igual al que conocí en el sur de Tenerife, salvo por las mezquitas. Cerca de cada asentamiento de casas, hombres, mujeres y niños recogen el fruto en cajas con un número (que imagino será el código de cada agricultor) que se depositan junto al camino a la espera de que llegue el camión para recogerlos. Cuando escuchan el sonido del Land Rover se incorporan para saludarnos con la mano.
Aquí, en el campo, me he dado cuenta de la similitud entre el pañuelo con que muchas mujeres musulmanas cubren su cabello y el que utilizaban las mujeres campesinas canarias.
No hemos salido de Guelmin y Abdu detiene el coche frente a una esquina. Él se baja y yo espero. No me queda otro remedio porque la puerta solo se abre por fuera. De la casa sale un señor de 80 años vestido con turbante y chilaba blanca que se agarra con las dos manos al cristal a medio bajar de mi puerta y me grita en un castellano perfecto:
-- Hola, ¿usted es de España? -- Sí, de las Islas Canarias. -- ¿Las Palmas? ¿Las Palmas? -- No, de Tenerife. -- Ah, Tenerife...-- y me sonríe con nostalgia.
Le pido que me abra la puerta. La abre y me pregunta:
-- ¿Quiere ir al retrete?
Pero solo quiero darle la mano. Me dice que aprendió el español porque él es muy viejo y porque trabajaba con los españoles, cuando Sidi Ifni y el Aaiun eran colonia española. Abre la puerta de su casa y lo veo a arrastrar sacos de un metro de alto llenos de trigo, de cous cous, de mantas... Abdu se sube al techo del Land Rover con una cuerda y aparece otra persona que le alcanza los sacos para acomodarlos en el techo. Dos mesas bajas y circulares, dos sillas de plástico, electrodomésticos, un horno, una gallina en una caja de cartón con un agujero delante, más sacos llenos de comida, dos esterillas enrolladas como columnas de 180 centímetros, un pequeño armario metálico, dos cubos de caucho llenos de calderos y muchas más cosas que no apunté, son izadas al Land Rover. Cuando terminamos la operación --y cuando yo estoy bien sentado delante, a la derecha de la palanca de cambios-- cuatro mujeres salen de la casa en silencio y ocupan los asientos laterales dispuestos en la parte de atrás del Land Rover.
Como después de unos minutos Abdu y Hussein (así se llama el anciano que habla español) aún no han entrado en el jeep, vuelvo a salir. Hussein saca del interior de la casa a una cabra que es seguida por su cría (baifo, para los entendidos) con la que se intercambia balidos de desesperación. Hussein, en cuclillas, le ata con un cordel de plástico verde las patas delanteras a diez centímetros una de la otra. La levanta en peso y la coloca entre las mujeres, hacia donde no me atrevo a mirar directamente. El baifo viene detrás.
En el trayecto de dos horas hacia Sbouya por un camino de tierra Hussein me cuenta que él trabajaba en Sidi Ifni con un señor de Las Palmas que tenía camiones y que se llamaba Carmelo. Que cuando era joven solo quería vivir y reír. Que iban a la playa y que cantaban "se va el caimán, se va el caimán, se va por la barranquera".
La cabra y el baifo que viajaron con nosotros.
Abdu y su Land Rover
A las seis de la mañana de hoy miércoles llegué a Guelmin. A esa hora, Hicham es el único empleado en el café restaurante frente a la parada de autobús. Debe de tener entre quince y dieciseis años. Cuando lo encuentro, barre y tira baldes de agua sobre el piso del café restaurante. Deja su trabajo para sentarse conmigo y explicarme cómo llegar a Sbouya. En petit taxi a la parada de Land Rover y que uno de ellos me lleve a Sbouya. Que no me cobre más de 20 dirhams (2 euros), insiste.
Se acercan a nosotros el empleado del café de al lado, de la misma edad de Hicham, un niño de unos diez años vestido con una camisa militar verde y un señor de unos cuarenta años. Atienden a la explicación de Hicham y discuten con él en árabe. Hicham me dice que él vive en Sbouya y que sabe cómo llegar, que siga sus indicaciones. Para terminar de tranquilizarme, en una hoja de mi cuaderno escribe una carta en árabe dirigida al conductor del Land Rover.
A las seis y treinta de la mañana, los conductores de Land Rover toman té en una cafetería frente a sus coches. Se pasan unos a otros la carta de Hicham y me saludan. Se decide que iré a Sbouya con Abdu. Tiene 30 años, habla un poco de francés y viene de la región de Sbouya aunque trabaja en Guelmin con su Land Rover.
Hemos recorrido cien metros cuando le pregunto en francés:
-- ¿Cuánto va a costar el viaje?
-- ¿Cómo?
-- El precio...
Me mira, sonríe, mira hacia delante y me vuelve a mirar murmurando "le prix, le prix...".
-- Son veinte dirhams.
-- Está bien-- le digo.
-- ¿Cómo?
-- Que me parece bien.
-- Ah.
Abdu me dice que hay otras personas que no lo hacen bien pero que él no es así.
El martes fue día de viaje. El plan era llegar a Sbouya. Según los datos del consulado marroquí en Las Palmas, la región de Sbouya, junto con la de El Aaiun, Sidi Ifni, Guelmin y la provincia de Nador en el Norte, es la principal emisora de emigrantes marroquíes hacia las Islas Canarias.
Entre todas esas regiones, Sboya es la menos poblada aparentemente. Ni siquiera aparece en el mapa de carreteras de Michelín que compré en Tenerife. Sin embargo el número de marroquíes residentes en Canarias provenientes de Sboya es comparable al del resto de ciudades, que imagino mayores porque ellas sí figuran en el mapa. Se me ocurrió que la densidad de marroquíes de Sbouya emigrados a Canarias podía ser mayor que la de las otras ciudades y decidí viajar al pueblo para comprobarlo con los registros oficiales.
Sbouya no figura en el mapa pero sé que está en las proximidades de Guelmin. Así me dijeron en el consulado de Las Palmas. Compro un pasaje para salir de Rabat en tren hacia Marrakech (cuatro horas) donde confío en encontrar sitio para el autobús a Guelmin, ocho horas más al Sur.
Hoy lunes viajé en tren de Rabat a Casablanca para encontrarme con Salwa Jaafari, una periodista del canal de televisión marroquí TV2M. Salwa Me dio muy buenos contactos en el Aaiún y buscó en el archivo las cintas de dos programas que su cadena hizo sobre la emigración clandestina hacia Europa.
Uno de ellos es responsabilidad del director de informativos, Ben Jelloun, y es un acercamiento a la situación de los subsaharianos en la ciudad fronteriza con Argelia, Oujda, y en los bosques de Gourugu, en las proximidades de Melilla, donde al parecer, los subsaharianos se han organizado como comunidad, con jefe político, representantes, encargado de finanzas y de policía, entre otros. En Oujda, el periodista se detiene en la buena convivencia y solidaridad entre marroquíes y subsaharianos.
El segundo documental, presentado por Salwa, relata la odisea en patera del Sahara hacia Fuerteventura. La periodista pasa por las zonas donde se esconden los subsaharianos y donde construyen la patera, visita el centro de internamiento en El Aaiún donde son llevados tras su captura y comparte una batida con la gendarmería por el desierto. Salwa llega con su equipo a Fuerteventura, donde filman la llegada de una patera remolcada por la Guardia Civil a Puerto del Rosario y donde entrevista a subsaharianos que llevan más tiempo en la isla.
Los documentales, de una calidad excepcional, me hacen reflexionar sobre mi proyecto. Ha corrido mucha y muy buena tinta sobre el tema.
PASTOR SHINE, DE NIGERIA, O JOHN, DE SENEGAL, DE PASEO POR RABAT
Para hoy, el Pastor Shine me había prometido que acudiríamos juntos a su iglesia en el barrio de Takadoum, donde conocería a más inmigrantes subsaharianos. Cuando me encuentra en la salida de la iglesia metodista coreana me da un abrazo de veinte segundos: diez segundos al lado izquierdo y diez segundos al derecho. Parece tan sorprendido como alegre por verme. Me toma de la mano y me presenta a algunos amigos que también salen de la iglesia.
-- ¿Entraste en la iglesia?
-- Sí, los últimos veinte minutos.
-- ¿Te gustó?
-- Sí.
Salimos de la iglesia y no me atrevo a preguntar hacia dónde vamos. Después de cinco minutos caminando por un Rabat bastante vacío (son las diez y media del domingo) me dice que conoció a unas hermanas marroquíes que me van a hablar de la emigración hacia Europa.
-- ¿No tienes que dar la misa?, le pregunto.
-- No.
-- ¿Pero no hay misa todos los domingos?
-- Sí, pero hay otros pastores.
Vamos en guagua a Takadoum y nos sentamos en una cafetería dentro de un parque llamado "Mini Park". El Pastor Shine se acerca a la cabina para llamar a sus amigas marroquíes.
Cuando vuelve, me dice:
-- Yo no les dije que era de Nigeria.
-- ¿No?
-- No, les dije que era un estudiante de Senegal.
No le pregunto la razón porque imagino una posible respuesta: que Pastor Shine prefiera ser considerado como un estudiante con dinero antes que como un africano que vive en una habitación miserable de Rabat. Tras unos minutos de silencio, le pregunto:
-- ¿Y cómo les explicaste que no hablabas francés?
-- Les dije que me fui de Senegal muy joven a Ghana y que por eso perdí el francés.
Las chicas son dos hermanas de Fes sin relación con la emigración hacia Europa. Pasamos el domingo muy entretenido de paseo por los lugares turísticos de Rabat y de almuerzo en la medina. La más joven y Pastor Shine caminan agarrados de la mano. Ella y su hermana lo llaman John.
En la Catedral de Rabat, unas 15 personas asisten a la misa católica de las 9 de la mañana. Además de tres jóvenes franceses con su padre y de dos ancianas aparentemente también francesas, el resto es población del Sur del Sahara.
En la iglesia evangelica metodista coreana de la misma ciudad y a la misma hora: 200 personas. Son dos o tres familias coreanas, unos cinco estadounidenses. El resto también viene del sur del Sahara.
-- ¿Qué hace AFVIC?
Nosotros trabajamos sobre varios ejes.
El primer eje es el apoyo a las víctimas de la inmigración clandestina: apoyo psicológico y apoyo en la recogida de información en el caso de dramas. Generalmente, las familias no tienen información y las autoridades no dan información.
Por ejemplo, en la tragedia de octubre de 2004, frente a las costas de Tunez, había 62 jóvenes de Khouribga que murieron allí tratando de llegar a la isla italiana de Lampedusa: durante diez días ningún órgano oficial sacó una lista de los muertos y en Tunez había 200 chicos del pueblo, no solo los 62, de modo que había 200 familias que pensaban que su niño podía estar muerto.
Por eso hacemos un trabajo de recolección de información en la fuente, a través de las organizaciones de defensa de los Derechos Humanos. Nos ayuda, por ejemplo, la Liga Tunecina de Derechos del Hombre. Ellos buscaron la lista de los muertos en la morgue.
También hacemos un trabajo de repatriación de los cadáveres y un trabajo de solidaridad con los subsaharianos que vienen a Marruecos para pasar a Europa y viven en condiciones alarmantes en los bosques de las proximidades de Ceuta y Mellilla, pero también en Rabat, Tanger, Fes, y en el sur, de donde llega una parte que viene desde Malí por Argelia. A ellos les damos comida y ropas y hemos creado una plataforma con organizaciones marroquíes, españolas y francesas sobre la protección de los derechos de los migrantes.
Por otro lado, estamos demandando a las autoridades publicas marroquíes y europeas que cambien el enfoque con que tratan hasta ahora la inmigración clandestina. Les decimos todo el tiempo que las tácticas de reforzar las medidas de seguridad contra la inmigración son estériles porque cuando cierras una forntera hay otra frontera que se abre y eso ha sido demostrado durante los ulitmos años con la instalación del SIVE en la zona de Tanger. Automáticamente hubo mas salidas de Larache y de Alhucemas y de Nador para evitar el Sive y además comenzó a haber más viajes hacia las Islas Canarias desde el Sáhara. Muchos subsharianos son encaminados desde Rabat hacia el Sur de Marruecos.
De hecho, hay una nueva evolución y son los grandes barcos que vienen de Liberia, de Costa de Marfil con inmigrantes a bordo que en las proximidades de Canarias bajan las pateras. Lo mismo que han conocido en Australia con la inmigración desde Indonesia. En los proximos meses vamos a ver cómo este nuevo tipo de inmigración se desarrolla de manera increíble.
-- ¿Qué tendría que hacer Europa?
Abrir un espacio de relización, de digniddad de los ciudadanos, de lucha contra la pobreza. Ese es nuestro discurso. La Unión Europea inyecta dinero para que Marruecos se convierta en su gendarme pero no se da cuenta de que no va a solucionar nada. La inmigración, igual que el terrorismo, tiene que ver con la pobreza. Lo unico que cambia es que en la inmigración, solo arriesga la vida la persona que viaja y en todo caso, su familia. En el terrorismo se arriesga la de todos.
Euopa, para empezar, debe asumir su responsabilidad en aquello que concierne a las personas que llegan a su territorio y dejar de acusar a los paises vecinos.
En segundo lugar, debe dejar de objetar la ayuda al desarrollo por cosas que no tienen nada que ver con la problemática del desarrollo y que tienen una finalidad pro-seguridad como está haciendo ahora.
Finalmente, Europa debe abstenirse de sostener a los gobiernos poco respetuosos con los derechos del hombre. De una manera o de otra, al apoyar la represión en materia de inmigración, los europeos estan posibilitando la trangresion de los Derechos Humanos porque las gentes son detenidas sin motivo, solo por la base del color, que es ya un acto condenable de racismo, solo porque la Unión Europea quiere que los países fronterizos se encarguen de parar la imigración
Uno de nuestros objetivos es informar a la opinion pública europea de todo esto, decirles a los ciudadanos europeos: mirad como el dinero de los contribuyentes europeos se está empleando para esta estructura de represión. Europa está corriendo un riesgo enorme de que su discruso de defensa de los Derechos Humanos no sea creible.
-- ¿Y qué crees que va a hacer Europa?
Mientras no haya reacciones de los ciudadanos y de las asociaciones activas en Europa, nada va a cambiar, porque la Unión Europea tiene el dinero para esta politica como lo prueba el programa Aneas para la inmigración, que ha sido dotado con 260 millones de euros que en nuestra opinión van a ser inyectados en la pro-seguridad.
-- ¿Y qué va a pasar entonces?
Que la situación sobre el terreno en los paises de salida va a continuar, porque van a seguir existiendo los gobiernos que transgreden los derechos fundamentales, y los ricos que son riquísimos y los pobres que son pobrísimos; que la corrupción va a continuar y las verdaderas causas de salida van a seguir desarrollándose continuar a desarrollarse y que en el año 2025 va a haber todavía mucha mas gente que querrá irse... jovenes, sobre todo, porque las mismas casuas van a continuar.
-- ¿Qué puede hacer AFVIC?
Nosotros, como asociación no pretendemos tener la solución llave en mano pero sí ver una evolución sobre el terreno. Nuestra mision es alertar de las consecuencias de esta situación sobre el terreno y eso intentamos hacer. Ahora, la gente que tiene el poder, tanto en los países del Sur como en Europa no escucha lo que decimos. Pero que en 2025, cuando vean a 100 mil persona por año llegar a Marruecos, que no nos digan que no estaban al corriente. Nosotros les estamos avisando desde ahora: están inyectando dinero en cosas que son esteriles. Por una vez hay que tener un enfoque radical, un enfoque sobre las causas y no sobre los efectos,
-- ¿Cómo se logrará eso?
Con la ayuda a los Gobiernos democraticamente establecidos, sosteniendo a las democracias. La solución a la pobreza es la libertad, para parar este drama. Yo soy muy optimista porque hasta ahora no hemos visto que nada se desarrolle en este sentido.
Por ahora, parece que Europa va a poner vallas en todo su territorio. Va a poner presión para que nosotros nos
convirtamos en prisiones. Europa debe ser un vector de desarrollo, un sostén al desarrollo de la libertad y la democracia en su espacio estratégico próximo y estamos viendo lo contrario.
-- ¿Por qué crees que la UE actúa de ese modo?
Porque responde a una presión cada vez mas pesada de la opinión pública de la gente que vota a la derecha. Se han dado cuenta de que hay una opinión pública que por unas razones u otras rechaza al que es diferente. También es verdad que hay un problema de terrorismo desarrollándose en la UE. Y de cualquier modo, es su derecho, yo no voy a venir a decir qué es lo que tienen que hacer, pero yo querría que fueran coherentes con el discurso: desde el momento en que erigimos unos derechos en fundamentales del hombre hay que respetarlos, en Europa o fuera de Europa.
-- ¿Ha cambiado la perspectiva marroquí ante la emigración?
Antes los franceses venían a buscar a los marroquíes aquí. Mucha gente de Marruecos se veía de repente en Francia sin haberlo planeado. Llegaban los franceses a emplearlos para la reconstrucción de Europa durante el Plan Marshall.
Entonces lo único que hacía falta era tener los dientes sanos, las manos sanas, les ponían un sello (que se borraba) en el brazo que quería decir algo así como "este pasa". Pero en esa época la gente no soñaba con eso.
-- ¿Y ahora por qué viajan los marroquíes?
Ahora, además de las causas objetivas, existe el imaginario de que Europa está mejor. Cada verano, cuando los marroquíes residentes en el extranjero llegan con los coches, los símbolos de riqueza, la ropa, la forma de comportarse... Eso influye mucho. No hay más que ver que las tragedias de las pateras son siempre después del verano, la de octubre de 2004, la de octubre de 2003... Pero la asociación (AFVIC) no puede luchar contra esto, que es realidad. En comparación con estos signos de riqueza, el nuestro es un discurso filosófico.
-- ¿Cómo entran los marroquíes en Europa?
La primera causa de inmigracion en Europa de los marroquíes es la legal, con visa de turista, demostrando que se tiene un ingreso mínimo y que no se tienen intenciones de quedarse en el país.
-- En España, ¿crees que el marroquí es percibido de manera diferente en España al resto de inmigrantes?
Todos nos acordamos de El Ejido, en Almería. Había españoles, que afortunadamente no son represtentaivos de la opinión publica española, que han salido con palos para cazar al moro. ¿Hemos visto alguna manifestación similar con los de los países del Este que son mayoritarios en Almeria? Por que se trata de forma diferente a diferentes extranjeros, ¿son todos extranjeros, polacos, húngaros o marroquíes? Para mí está claro, y es porque hay un problema de relación con el otro: el marroquí tiene una religión diferente, una fisonomía diferente y un comportamiento cultural y social diferente. No queremos a alguien que no se nos parece, es evidente.
-- ¿Y eso cómo se cambia?
Es un trabajo de puesta al corriente, de reflexión, de abrirse al otro y eso lleva tiempo. Para que alguien cambie su posición lleva mucho tiempo. Notablemente cuando se trata de un grupo entero.
Hicham Rachidi es de los que prefieren conocer al periodista y ya veremos lo de la grabadora. También es de los que, una vez en confianza, no se callan. En 2001, estaba entre los seis marroquíes que fundaron AFVIC (Association Amis et Familles des Victimes de l'Immigration Clandestine), con la intención de ayudar a los afectados por la inmigración clandestina desde Marruecos a Europa. Hicham es de Khouribga, una de las ciudades que junto con Beni Mellal y Kelaa der Sragna, sufre la mayoría de las tragedias.
Según Hicham, algo así como el 80% de los cadáveres de las pateras viene de esa zona. En su opinión, esto se explica en que el triángulo Khouribga, Beni Mellal, Sragna es una de las zonas más pobres del país. Sus habitantes no pueden permitirse los otros métodos de entrada en España: el de conseguir papeles falsos o el del vía-vía, que consiste en quedarse en un aeropuerto europeo durante la escala hacia algún otro país que no solicita visa a los marroquíes.
Hicham Rachidi se sienta un poco inclinado hacia delante. Expulsa el humo de su cigarro hacia un lado para no molestar al interlocutor. Tiene 33 años, se licenció en Derecho Público en 1996 y desde septiembre de 2003 dedica todo su tiempo a la dirección ejecutiva de AFVIC. La asociación se sostiene con el trabajo de cinco asalariados, treinta voluntarios y el dinero de organizaciones de Derechos Humanos en Francia e Italia.
Osas vive en la tercera y última planta de una casa del barrio de Camera. Es nigeriana y esposa de un nigeriano amigo de Pastor Shine. Tiene una hija de entre dos y tres años y un hijo de aproximadamente un año. Su casa es una habitación en la terraza con espacio para un colchón de dos por dos metros y un fregadero con un poyo al lado que hace las veces de estantería para la televisión y el casette-dvd. Bajo el poyo, una maleta. Sobre la televisión, la bandera de Nigeria y un adorno de madera con la frase "Dios es bueno" en inglés. En la pared, también en inglés, "Seamos agradecidos porque Dios nos cuida". El techo es una chapa de uralita.
Los niños de Osas juegan con los hijos de la vecina marroquí que les prepara el Cous-Cous con verduras hasta que Osas decide bañarlos. Fuera hay una palangana en la que Osas los enjuaga y enjabona. Cuando termina de enjabonarlos deja que se sequen solos y los niños siguen jugando con la cara y los hombros enjabonados y secos.
Osas viste a la niña con camisa y pantalón y al niño solo con camisa. Restregando con la tela de la camisa recién puesta, les quita el jabón de la cara. Destapa el plato de Cous-Cous que trajo la vecina y nos ofrece. Pastor Shine y yo le agradecemos y le decimos que no queremos. Entonces Osas se sienta en un lado de la cama y grita el nombre del niño que ha salido a la terraza. Como no aparece, la hermana mayor sale a buscarlo y vuelve con él. Osas y la niña tienen su propia cuchara. El niño come de la cuchara de su madre. Los tres del mismo plato.
Mientras ellos comen Pastor Shine y yo vemos una película nigeriana que Osas ha puesto en el dvd para nosotros. Trata de una familia dividida a causa de una herencia. Para mostrar la felicidad de los familiares beneficiados con el primer reparto, el guionista los ha hecho conducir un coche japonés y gastar un gran fajo de billetes (que también es filmado) en una tienda de ropa. El deseo de venganza de los familiares perjudicados en la herencia los lleva a contratar los servicios de un mago que mata y ciega a los primeros valiéndose del vudú. Ahí dejamos la película pero Pastor Shine, que ya la ha visto, me dice que al final, el cegado recupera la vista y el muerto, la vida.
Después de Takadoum, caminamos por Youssoufia y vemos a algunos subsaharianos pero menos que en Takadoum. Pastor Shine identifica de qué país viene cada uno por la forma de caminar y por la ropa. Le pregunto por los que vamos encontrando y él parece muy seguro de sus respuestas. Según él, nos cruzamos con gente de Malí, Ghana, Senegal y Nigeria
Subimos en otro autobús que nos lleva a Camera. Bajamos en una plaza donde me dice que muchos subsaharianos vienen a "relajarse". Son las doce del mediodía y veo a cuatro grupos, de tres o cuatro personas cada uno.
En Camera encontramos a Henry. Lleva gafas de sol, pantalones vaqueros, camiseta amarilla ajustada y zapatillas de deporte. También es nigeriano, también es pastor y su casa es, además de casa, iglesia. Es la casa más limpia que he visto hasta ahora. Nos sentamos en un salón cubierto de esterillas en el que una televisión emite una final de billar o de pool (nunca supe la diferencia) desde Irlanda.
Henry manda a un hombre alto vestido con una túnica como la de los marroquíes a comprar un refresco, ¿Fanta?, me pregunta. Sí, claro, le digo. Luego me entero de que el hombre alto también es nigeriano y de que trabaja como el guardian de la iglesia.
Henry se quita las gafas de sol y descubro que tiene los ojos azules. Cuando le pregunto me explica que su padre y su madre vivían en Nigeria en la casa de un inglés y que probablemente durante el embarazo, a su madre se le pegó algo del inglés.
- Algo bueno se me tenía que pegar- dice y Pastor Shine se echa a reír con él. No termino de comprender si están bromeando o no.
Según dice, la policía marroquí lo ha tomado muchas veces por un nacional. Él les enseña el pasaporte para que se convenzan.
- Eres bienvenido en esta casa.
Me lo dice tres veces en un intervalo de no más de cinco minutos.
Cuando llega la Fanta con sabor a naranja, Pastor Shine agacha la cabeza y reza en acción de gracias. Henry y yo lo secundamos. El guardián de la iglesia trae unos cazos metálicos recién enjuagados. Me alcanzan la botella así que sirvo la Fanta. Henry me dice que tiene familia en Europa.
- ¿Y hablas con ellos?- le pregunto.
- Sí, claro.
- ¿Y qué te dicen?
- De todo.
- ¿Se quejan?
- ¿Que si se quejan? Siempre se están quejando...
- ¿De qué se quejan?
- De todo, siempre se están quejando, que si no hay trabajo, que si la policía los persigue, que si está difícil... Pero yo tengo que ir a verlo, no me importa que se quejen, yo tengo que ir a verlo.
Entonces se detiene un momento para preguntarme:
- Antes de venir a Marruecos, ¿tú sabías algo de Marruecos?
- No mucho.
- ¿Y qué te decía la gente?
- De todo.
- ¿Y es así?
- No.
- Pues eso. Yo tengo que ir y ver yo con mis ojos.
Unos minutos después llega el pastor Francois, de Congo Brazaville. Tiene su propia iglesia. Después llega el pastor Robinson, de Nigeria, del grupo de Pastor Shine y el pastor Henry. Tanto Henry como Robinson hablan francés porque vivieron en Costa de Marfil. Como Robinson llegó más tarde no sabe quién es Francois, así que le pregunta.
- ¿Cómo te llamas?
- Pastor Francois por la gracia de Dios.
- Eres bienvenido Pastor Francois.
- Gracias.
- Eres bienvenido.
- Gracias.
A lo que entonces el pastor Henry añadió:
- Eres bienvenido en esta casa.
- Gracias.
Tras un breve silencio, el pastor Francois le hace la misma pregunta al pastor Robinson:
- Pastor Robinson, por la gracia de Dios.
El pastor Robinson viste un traje gris con chaleco y lleva un maletín rígido. La sonrisa no se aparta de su cara.
Llega una nigeriana de unos veinte años, con diez kilos de más sobre el estandar actual de belleza y con el pelo peinado en trenzas finas. Le entrega a Henry un paquete del tamaño de un estuche de reloj envuelto en papel de regalo. Él le da las gracias, lo lleva a otro cuarto sin abrirlo y vuelve enseguida con nosotros.
Cama de Pastor Shine (él dice que su ropa no es la adecuada para que le saque una foto)
Takadoume es, junto con G5, Camera y Yususofia, de los barrios que mayor población subsahariana concentra en Rabat. Pastor Shine (así es como él se presenta, como si el título fuera parte del nombre) nació en 1976 en una familia cristiana de Nigeria. Hijo de granjeros, aprendió a hacer muebles antes de comenzar los estudios en el seminario local que interrumpió para predicar la palabra de Dios.
Primero en Libia, adonde llegó a mediados de 2001 con el dinero que le proporcionó su padre, y luego en Marruecos, donde vive desde el 13 de diciembre de 2002 después de una travesía en jeep por el desierto. La foto del carné que la delegación del ACNUR en Rabat le hizo es la de un Pastor Shine con al menos diez kilos más de peso del Pastor Shine de hoy. Él explica su delgadez por los ayunos voluntarios que practica en ofrenda por la conversión de los musulmanes al cristianismo.
Pastor Shine viste pantalones de traje, camisa de rayas y corbata a juego. Toda la ropa está impecable. En su mano derecha, un maletín negro rígido del que de vez en cuando saca un pañuelo con el que seca el sudor de su frente. Se afeita el pelo de la cabeza casi al rape y usa gafas de montura plateada aseguradas con un cordón tras la cabeza. Las necesita desde que hace dos años unos marroquíes que lo amenazaban con un puñal para que les entregara su dinero. La resistencia le costó la visión del ojo izquierdo.
Su casa está a dos minutos de marcha de la calle principal de Takadoume. Aunque parece un barrio nuevo, la construcción ha seguido el patrón de la medina, estrechos pasillos entre los edificios de dos o tres plantas para preservar la sombra.
Paga 400 dirhams mensuales (unos 40 euros) por una habitación (ver foto) de 14 metros cuadrados que comparte con otro nigeriano. Espacio para los dos colchones, la cocinilla de gas y unos cuatro metros cuadrados libres.
La habitación es la tercera y última de la planta baja. Con las otras dos habitaciones comparte un baño bajo las escaleras de 70 centímetros de ancho por 150 de largo y techo abuhardillado (sigue la forma de la escalera). El baño es un agujero en el suelo para aliviarse y un grifo colocado a 15 centímetros de altura, o sea, pegado al suelo. En combinación con media garrafa de agua vacía ese grifo hace las veces de ducha.
"El señor es mi pastor en la casa"
Es el mensaje que Pastor Shine escribió con letras azules y verdes en un papel situado a la altura de los ojos sobre la pared que enfrenta la puerta de entrada.
Su cama es el colchón de la izquierda. En la cabecera, la foto de su sobrino de seis meses. Nació en Casablanca, donde el hermano de Pastor Shine vive desde hace poco más de un año con su esposa nigeriana (en Nigeria tiene otros dos hermanos varones y tres hermanas). Junto a él, un certificado del seminario nigeriano donde Pastor Shine dice que cursaba estudios cuando partió hacia Libia. En el certificado se ven los rastros de la tachadura de un nombre sobre los que él ha escrito el nombre con el que se presenta ahora. Junto al certificado, un recorte escrito en inglés a máquina que recuerda cómo Jesús fue crucificado por él, y explica que por eso él va a entregar su vida por Jesús. Bajo el recorte, la foto de dos amigos de Pastor Shine que, según me cuenta, acaban de ser deportados de España de vuelta a Nigeria.
En la pared a la derecha de la cabecera, un poster turístico de Sudáfrica enviado por un amigo y la publicidad de una academía de idiomas de Rabat. En el suelo, dos biblias. Su compañero, que no está, dejó una biblia abierta y subrayada sobre la cama.
Llegué a Casablanca en tren, acompañado de mi compañero de sillón en el tren, Mohammed, un natural de Rabat, más negro que blanco, bigote, treinta años, metro sesenta y cinco, gorra de beisbol y periódico en árabe cuidadosamente plegado.
MOHAMMED
Mohammed está casado, tiene dos niños pequeños y planes de viajar a Europa. Ahora trabaja en la construcción pero cree que su futuro no está en Marruecos sino en Suiza, con un hermano futbolista que se casó con una francesa y se afincó en ese país.
Mohammed sabe que las relaciones entre las personas de Europa son muy diferentes a como son en Marruecos. También sabe que es un país limpio y que hay mucha desconfianza contra los musulmanes por culpa del terrorismo. Pero él no tiene nada que ver con eso, dice.
"Aquí no hay trabajo"
Mohammed quiere saber si soy cristiano. Le respondo: sí. Él, musulman. Somos hermanos, me dice.
Mohammed le pregunta al revisor la hora de llegada y el itinerario del tren. No es como él pensaba. Por lo visto no le va a dar tiempo de acercarse hasta el aeropuerto para programar su viaje a Europa, que era su propósito inicial, así que lo que va a hacer es pasear una hora por Casablanca y regresar a Rabat, donde tiene trabajo que hacer esta tarde (entre Rabat y Casablanca hay una hora de distancia en tren).
Desembarcamos y Mohammed se ofrece a acompañarme. Pregunta la dirección que le doy a unos taxistas de la estación y comenzamos el paseo. Después de cien metros, pregunta de nuevo y las nuevas indicaciones no coinciden con las anteriores. Yo confío en la sabiduría de los taxistas pero Mohammed sugiere que lo mejor es que contrate un taxi. Me rindo. Paro al primero y Mohammed le indica en árabe.
Voy a despedirme de Mohammed cuando me doy cuenta de que ha decidido acompañarme también en el taxi. Supongo que si hay algún occidental (como yo también lo soy) al otro lado de la pantalla leyendo esto, estará pensando que Mohammed quería aprovecharse de mí de alguna manera.
Pero no era así. Sencillamente estaba siendo hospitalario. Yo era un extranjero en su país, un invitado en su casa. Solo me dejó cuando se aseguró de que había encontrado mi destino.
“la miseria absoluta, en el infierno”.
Eso se dice en Rabat. Ni el paso del Atlántico ni el del Mediterráneo son fáciles como tampoco lo es el regreso a casa. Nadie quiere formar parte del próximo treinta y tres por ciento que morirá en la travesía del desierto. Y menos para regresar con la derrota. Creían que Marruecos sería un puro trámite de dos, de tres días... el último salto y ya estaban en Europa. Después de todo, 13 kilómetros de Estrecho no son nada en comparación con un desierto. Algunos llevan hasta cinco años en la miseria en Marruecos. Algunas se quedan embarazadas con la esperanza de que de ese modo la Guardia Civil y la Policía Nacional en España les tratarán con más miramientos. Eso se dice en Rabat. Se dice en Rabat que la única forma que tienen de sobrevivir es la caridad de los marroquíes, que les pagan por barrer frente a su tienda, por transportar unas cajas o sencillamente porque sí. Cuando hay batida de la policía marroquí son llevados ante un juez y ellos mismos firman su orden de expulsión escrita en árabe. Se dice en Rabat que la noche en que la policía los devuelve a Argelia suele coincidir con la noche en que ellos regresan a Marrucos.
Pere Piere Jault es un padre blanco, es decir, un sacerdote católico que entendió que su vocación era ser misionero en África y se alistó en la orden los Padres Blancos. Lleva en el continente desde los 27 años. Primero Argelia, luego Ruanda y desde hace mas de tres años, Rabat, donde dirige la delegacion de Caritas de la ciudad.
Piere Jault debio de ser periodista en su anterior vida. Lo primero que hace es regalarme unas cuantas manías personales para describirlo: lee en voz alta el correo electrónico que escribe preguntándose y preguntándome si la fórmula de despedida a emplear es "afectuosamente" o alguna otra, suda como si fuera su primer día en África y se sorprende por la aparición de un telefono movil sobre su mesa cuya propiedad me atribuye hasta que tras unos segundos de observación reconoce como suyo.
Lo segundo que hace, en cuanto termina de leer en voz alta su correo, es llenarme la libreta de contactos. Me pasa a la representante en Rabat del CIMAD, que según Piere es algo así como la Caritas de la Iglesia Protestante. Me pasa a la gente de AFVIC (Association des familles des victimes de l’immigration clandestine) y les deja un mensaje en el contestador. Me pasa a un profesor universitario marroquí especialista en el tema. Me pasa a la gente de una organizacion no gubernamental que trabaja con los inmigrantes y me pasa a la Iglesia Evangelica de Marruecos en Casablanca.
Lo tercero que hace es entrevistarse a sí mismo contándome el trabajo de Caritas Rabat en relación con las migraciones:
Ocuparse de los migrantes subsaharianos en la ciudad de Rabat con el trabajo de voluntarios europeos.
El padre insiste en resumirlo en dos partes:
1) Escuchar los problemas.
2) Tratar de resolver esos problemas.
Algunas de las soluciones con que se enfrentan a los problemas:
Comprar a menor precio los medicamentos para enfermedades ordinarias, formar a los migrantes sobre el Sida valiendose de otros subsaharianos que tienen en regla sus papeles de residencia en Marruecos (principalmente estudiantes), ayudarles a hacer prácticas de informática o proporcionar un pasaje de regreso a los que quieren retornar a su pais, aunque esto último no es tan comun:
"hasta ahora no hemos encontrado nunca a ninguno que quiera regresar a su pais"
Lo que sí se han encontrado es gente que trata de revender el pasaje que Caritas le consigue, así que ahora toman todas las precauciones.
Por último, se preocupan porque los hijos de los migrantes subsaharianos nacidos en Marruecos sean inscritos en el registro civil, ayudan a la alfabetizacion de los niños y organizan charlas informales en las que las madres de estos niños hablan sobre la forma de encontrar trabajo, de educar a sus hijos...